Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Más allá del lobby

Autor:

Alejandra Cuadras Marrero

 

El reloj marca las 5:30 de la mañana cuando Alexander comienza su rutina. Tras una noche de descanso interrumpido por los cortes eléctricos en su barrio, se alista para salir. Ante la falta de combustible que mantiene paralizada su transportación habitual, desempolva la bicicleta para recorrer los ocho kilómetros que lo separan de su centro de trabajo: la alternativa práctica y honesta que ha encontrado para ser puntual con su responsabilidad.

En el camino desde Marianao hasta el Vedado capitalino, el silencio de la madrugada se rompe con el rodar de otros trabajadores que, al igual que él, avanzan como pueden. En ese trayecto hay saludos breves en los cruces de calles y el entendimiento tácito de que cada uno lleva su propia carga a cuestas antes de empezar el turno.

Al cruzar la recepción donde ha trabajado durante casi una década, el contraste con etapas anteriores es evidente. La vibración constante de los años de bonanza ha cedido paso a una calma extraña. El impacto del bloqueo, del cerco energético y de las muchas otras restricciones hacia nuestro país se traduce en una drástica reducción de la vida que caracterizaba el hotel.

Para Alexander, el freno del turismo y del flujo de clientes se siente en el silencio de los pasillos, en la ausencia de las grandes delegaciones y en la lentitud con la que logran salir a flote cada día. Para quien ha visto la edificación funcionar a toda capacidad, el impacto de las sanciones se mide en pequeños contratiempos que desmontan la rutina. La cocina ya no desprende aquellos olores abrazadores de otros tiempos, y sostener la carta de la cafetería se vuelve una labor de orfebrería diaria en la que hay que decidir qué se sirve y qué se guarda, según lo que haya amanecido en los estantes.

 Dentro de la instalación, los cortes de energía marcan un pulso inconstante. De pronto, los equipos de refrigeración pierden su frío gradualmente, y en la piscina el agua detiene su ciclo de filtrado a la espera de que regrese la corriente. Unos metros más allá, la pizzería permanece a oscuras: sus hornos son eléctricos y la falta de harina la mantiene en un paréntesis forzado.

Lejos de resignarse a ver caer el inmueble, el colectivo decidió abrir los portones hacia adentro. El gimnasio, las canchas de tenis y de fútbol, junto al área de la piscina, son hoy los servicios que le devuelven el movimiento a la casa y generan ciertos ingresos para mantener la operatividad básica.

«Uno llega cansado del trayecto y de las dificultades en la casa, pero cuando entra al local, traga buche y trata de sonreír. Defender el hotel es proteger la fuente de sustento de nuestras familias, cuidar el lugar que nos ha dado mucho y mantener en pie una infraestructura que el país va a necesitar cuando esta tormenta pase», agrega mientras limpia el mostrador con un paño húmedo y coloca en el centro un búcaro con flores frescas del jardín.

A mitad de la mañana, una tregua en el corte eléctrico anuncia que la cafetera puede volver a funcionar. El grupo se reúne y, en un momento de camaradería, busca la manera de resolver el menú del día con lo que hay a mano. Ese sentido de comunidad entre los propios empleados es, en el fondo, el engranaje invisible que evita que la instalación se apague del todo.

Al finalizar la jornada, a Alexander le aguarda el trayecto de regreso en bicicleta, masticando el cansancio del día, pero con la tranquilidad del deber cumplido. En su empeño diario no hay cabida para el entusiasmo ingenuo ni para el pesimismo paralizante.

Su presencia constante en el puesto de trabajo refleja la honestidad, el rigor y la profunda humanidad de un colectivo que enfrenta la severidad del escenario económico actual con la convicción de que el trabajo diario y la empatía son la única vía para sostenerse en pie.

 

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