El suelo todavía suena ahuecado bajo las botas. Hay metros de acera agrietada, que parecen la piel de un dragón que se quedó dormido a medio rugir. El aire huele a humedad y a hierro viejo, pero también, si uno afina el olfato, a algo más. Algo verde y terco que insiste en existir donde todo indica que no debería existir nada.
Regla tiene 74 años y las manos llenas de tierra. Tierra buena que rescató en cubos cuando ella se quedó sola con las llaves de su casa y miles de recuerdos. Hoy esas manos son las creadoras de una buganvilla minúscula que acaba de echar su primera flor.
—Mire usted —me dice, y su voz es la de una mujer que ha llorado por lo suyo—. No vamos a dejar de florecer por habernos quedado solas. Si acaso, florecemos más fuertes.
La visité un día cualquiera. Me abrió la puerta con el delantal puesto y las manos ocupadas. En la sala hay fotos. Rostros que sonríen desde marcos de distintos tamaños y épocas. Están todos, pero no está ninguno. No hizo falta que me dijera nada, lo entendí en la manera en que señalaba y miraba cada cuadro sin detenerse. Lo entendí en sus ausencias.
—Poco a poco el barrio se ha ido apagando —continúa—. Primero la familia de enfrente, luego los vecinos de al lado. Luego los del final de la cuadra. Uno a uno, se fueron yendo.
Le pregunto si se siente sola. Sé que es una pregunta torpe, de las que no se hacen. Pero ella no se ofende. Dijo que sola no, que aquí «lo que hay es vacío». Porque uno se acostumbra al ruido, y después el silencio pesa más.
Su esposo murió hace cuatro años. Del corazón, dijeron. Pero ella cree que lo hizo de no tener a quién esperar. Porque antes, cuando «sus muchachos» se fueron, todavía quedaba la esperanza de que volvieran. Él se sentaba en esa misma silla y miraba por la ventana. Y un día se cansó de mirar. Y murió.
Ahora es ella la que observa, pero sin esperar a nadie. Ahora mira la buganvilla que plantó. Al principio no crecía. Se quedaba ahí, mustia, como si supiera que no debía estar. Pero ella le hablaba todos los días. Y floreció. Una sola flor rosada, minúscula. Descarada contra el gris.
—La gente joven se va —comenta, y su voz es más suave ahora, casi un susurro—. Y uno no puede culparlos. ¿Qué van a hacer? ¿Enterrarse con nosotros? No. Que busquen. Que vivan. Y uno se queda con los muebles, con las fotos, con los recuerdos y con el silencio.
Hace una pausa. Mira la foto del hijo como si tuviera algo que decirle. Me despide desde la puerta y mientras avanzo unos pasos, miro hacia atrás y ella sigue allí. Con su flor, con su terquedad y con todos los que se fueron y no volverán.