Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Tecnosexualidad

Autor:

Yurisander Guevara Zaila

¿Alguna vez te preguntaste qué pasa cuando el algoritmo te conoce mejor que tu propia pareja? ¿O si un mensaje de texto puede encender más que una caricia? Hoy quiero abrir la puerta a un territorio tan fascinante como íntimo: la sexualidad en la era digital.

Y es que la tecnología está rescribiendo las reglas del deseo. Desde las aplicaciones para encontrar pareja, pasando por juguetes sexuales controlados por bluetooth, hasta la inteligencia artificial que promete compañía… e incluso, algo más. Porque el futuro del placer ya está en tu bolsillo. Y no todo es color de rosa: también hay que hablar de qué pasa con tus datos más íntimos cuando los entregas a una app.

Es que hace 20 años conocer a alguien por internet era casi un secreto vergonzoso. Hoy, según estudios recientes, casi la mitad de las parejas estables se forman a través de una pantalla. Aplicaciones como Tinder, Bumble, Grindr o Feeld son catálogos de rostros y ecosistemas del deseo.

Pero, ¿qué cambió realmente? Ahora el primer contacto es digital. Antes de un beso, hay un match. Antes del «hola» hay una biografía curada, filtros, algoritmos. Se elige con un dedo, a veces como quien pide comida a domicilio. Y eso tiene su lado liberador: podemos expresar nuestra orientación, nuestros fetiches o buscar relaciones no convencionales con una honestidad que en un bar costaría mucho más.

Pero ojo, la paradoja es que, teniendo tantas opciones, a veces sentimos que ninguna alcanza. La sicología habla de la «parálisis del swipe»: tanto menú disponible puede generar ansiedad, insatisfacción y la sensación de que siempre hay alguien mejor a un clic de distancia. Lo virtual amplía el horizonte, sí; pero también nos enfrenta a un espejo de nuestros propios vínculos.

Vamos a otra dimensión. ¿Se imaginaron alguna vez tener relaciones sin estar en la misma habitación, incluso, sin estar en el mismo continente? Bueno, la teledildónica —una palabra rara, ya sé— lo hace posible. Hablamos de juguetes sexuales que se conectan a internet y permiten que otra persona los controle desde su celular, esté donde esté.

Parejas a distancia, o simplemente quienes quieren explorar nuevas sensaciones, encuentran en esto un mundo de posibilidades. Los dispositivos sincronizan movimientos con la respiración, responden a la música o, incluso, se integran con experiencias de realidad virtual. El sexo se vuelve háptico: tocas y sientes a través de los datos.

Claro que el placer conectado también desnuda nuestra vulnerabilidad digital. En 2016, una empresa de vibradores inteligentes fue demandada porque el juguete recolectaba —sin avisar claramente— datos sobre temperatura del dispositivo y patrones de vibración. Sabían cómo, cuándo y cuánto lo usabas. Te has preguntado entonces, ¿quién tiene acceso a tu intimidad cuando es por wifi?

Y si hablamos de tecnología y deseo, no podemos esquivar la pregunta: ¿puede una inteligencia artificial ser nuestra compañera íntima? Aplicaciones como Replika o novias virtuales en Japón muestran que miles de personas ya establecen vínculos emocionales y eróticos con chatbots. La IA aprende de ti, te escucha, te seduce a la medida. No se cansa, no juzga y siempre está disponible.

Mientras tanto, la industria de la robótica sexual avanza. Muñecos hiperrealistas con sensores, calefacción y respuestas verbales prometen una experiencia «completa». Sus defensores dicen que pueden ser una herramienta terapéutica para personas con dificultades sociales o traumas. Sus críticos advierten sobre la cosificación extrema y el refuerzo de estereotipos de sumisión.

La gran frontera no es tecnológica, es emocional. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a delegar la intimidad? ¿Qué perdemos cuando el otro nunca nos contradice? La IA puede simular empatía, pero no deseo real. Y ahí, quizá, está el límite que ninguna actualización de software podrá cruzar.

Y hay otro tema importante: la huella digital del deseo. Cada «me gusta», cada perfil visitado, cada juguete conectado, genera datos íntimos que cotizan en el mercado de la publicidad y que, en manos equivocadas, pueden ser un arma.

¿Leyeron los términos y condiciones de una aplicación de citas? Probablemente no, porque son eternos. Pero ahí podría estar escrito que tu orientación sexual, tu ubicación, tus fotos privadas pueden ser compartidas con fines de «mejora del servicio». En muchos países, esos datos no están protegidos como datos de salud, cuando en realidad dicen muchísimo sobre tu identidad.

Además, está el consentimiento digital. Capturas de pantalla de conversaciones calientes, difusión no consentida de imágenes, extorsión sexual. La tecnología amplifica el placer, pero también el riesgo. Por eso, la nueva educación sexual no puede olvidar hablar de cifrado, de permisos, de preguntar antes de renviar. En la cama virtual, el «sí» también tiene que ser claro, entusiasta y revocable.

La tecnología no inventó el deseo, pero sí le dio nuevas herramientas. Nos toca a nosotros decidir si las usamos para conectarnos más profundamente o para escondernos detrás de una pantalla. Que el algoritmo no decida por uno, que decida nuestra piel.

 

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