Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Bellezas

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

 

¿Dónde radica la belleza de las cosas? ¿Quién decide lo que es hermoso? En menudo tema me he metido hoy.

En ciertos ámbitos, la belleza radica en la juventud. Han confundido la vida con una pasarela, comercian con la lozanía y con las arrugas sin miramientos y, por supuesto, te invitan a ver, horrorizados, como determinada estrella ha envejecido… como si ese proceso no fuera absolutamente natural.

En un país como el nuestro, de tantos adultos mayores, habría que afianzar estrategias donde esa experiencia fuera venerada y aprehendida, donde pudieran participar más, donde se diferenciaran, por ejemplo, sus pagos en el transporte o en la entrada a determinadas instituciones. Esa distinción ya la he vivido en otras geografías y bien pudiera diseñarse, aplicarse aquí.

La belleza de una existencia vivida a plenitud es inconmensurable.

Para otros, la belleza radica en las proporciones, las del rostro o las del cuerpo. Proponen cánones, mediciones, modelos. En algunos lugares, como Corea del Sur, la búsqueda del éxito por la apariencia ha creado un ambiente delirante (casi suicida) de competencia y ansiedad que ha disparado las operaciones estéticas desde edades muy tempranas. El lema es «ser perfecto o morir en el intento».

La belleza fabricada es una esclavitud contemporánea.

La belleza es blanca para una clase: nívea, caucásica, nácar. El color genera puestos y oportunidades. No por casualidad, la esclavitud fue fundamentalmente negra. Lo negro resulta, para este pensamiento, exótico, extraño, lejano. De morbo sexual, pero inferior. Destinados para ciertas cosas… Cuba es un crisol hispano-amerindio-asiático-africano, con una lucha recia contra el racismo; pero sus manifestaciones (explícitas o veladas), son capaces de asomar en los más insospechados espacios. Hay que estar atentos, siempre.

El arte ha generado a través del tiempo estilos, modas y modos, que han entendido la belleza de muchas formas, desde el abigarramiento de adornos hasta la completa desnudez. Vivimos en la época de la comunicación, y la estética que impulsan los medios, las redes sociales y las plataformas digitales, cala hondo en los diversos públicos.

Hace muy poco me he asomado a una transmisión deportiva por internet donde los comentaristas usaban short y zapatos deportivos. Lo comenté con algunas personas en la Isla, cercanas a tales asuntos, y les pareció poco menos que un sacrilegio. La pantalla presupone elegancia, me dijeron. A mi entender, eran sencillamente coherentes con lo que narraban, y lo hacían muy bien, por cierto.

Tomemos un programa informativo nuestro, por ejemplo. Se puede cambiar de escenografía, se pueden estrenar nuevos rostros, pueden recibirnos de pie los conductores con sus mejores galas, y esa estética devendría inútil, estaría huérfana, si a seguidas, el producto comunicativo sobrevuela la realidad, sin adentrarse en sus esencias, si la opinión pública no encuentra eco en la opinión mediática.

«La belleza no reside en la apariencia, sino únicamente en la Verdad», apuntaba Gandhi. No es la primera vez que echo manos a una sentencia tan rotunda, pero lo hago a plena conciencia. Sus 12 palabras deberían enmarcarse en grande, en oro.

El vestuario es un elemento imprescindible de la cultura de los pueblos y de la identidad social, gremial, personal. Es un arte que ha evolucionado y ha revolucionado. Un maestro como Vladimir Martínez Savón considera que el vestuario es crucial y un elemento diferenciador, si hablamos de una puesta en escena.

La elegancia, en cambio, es un concepto que rebasa con mucho la vestimenta. Ese refinamiento, esa distinción, ese garbo, no es un elemento externo ni prestado, parte en primera instancia del interior. La elegancia precisa una mirada más profunda, más completa. Los sabores que nos marcan suelen estar en la médula, más que en la cáscara. 

«Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la flor», precisa Martí a María Mantilla en una célebre epístola. El célebre dramaturgo Antón Chéjov escribirá: «En el hombre todo debe ser hermoso: su rostro, su vestimenta, su alma y sus pensamientos».

La belleza, la definitiva, es la propia vida. En ella caben todos los matices, todas las edades, todas las proporciones. A veces, solo hay que tener ojos para mirarlas.

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