El centro de control del ejército estadounidense en Somalia ha perseguido liquidar infructuosamente a los grupos yihadistas. Autor: The Guardian Publicado: 08/07/2026 | 11:12 am
Desde que la opinión pública internacional deploró la decisión del servicio de aduanas y fronteras estadounidense (CPB) de negarle la entrada a territorio norteamericano al árbitro somalí Omar Artan —que iba a impartir justicia en el Mundial de Fútbol 2026—, no han cesado de «bombardear» tanto militar como metafóricamente a la nación del Este de África. En efecto, luego que en 2008 el Departamento de Estado designara a al-Shabaab como una organización terrorista, Washington continúa el despliegue de recursos militares para sofocar a este grupo yihadista, sin contemplar cuántos arsenales bélicos o «víctimas colaterales» demande este esfuerzo.
Si bien desde 2011 comenzaron los ataques de drones del ejército estadounidense contra al-Shabaab, no hay dudas que estos cobraron una intensidad inusitada desde la primera toma de posesión de Donald Trump. De hecho, en el año y medio que ha transcurrido durante su segundo mandato, el artífice del movimiento MAGA cuenta con perspectiva de superar su «récord» —219 de ataques aéreos entre 2017 y 2020—, cifra ya de por sí superior a la que registraron sus predecesores de conjunto, tanto el republicano (George W. Bush) como los demócratas (Barack Obama y Joseph Biden).
Aunque las cifras manejadas por el Comando de Estados Unidos para África (AFRICOM) contempla apenas seis víctimas civiles, el estadounidense portal de investigación Airwars estima que las incursiones aéreas han provocado la muerte de al menos 170 pobladores somalíes. Entre el centenar de eventos mortíferos registrado, trascendió el ocurrido en Jamaame el año pasado, donde entre la docena de fallecidos se encontraban ocho menores de edad.
A pesar de estos ataques tan desproporcionados, el AFRICOM no ha logrado debilitar el núcleo de al-Shabaab que se concentra a 40 kilómetros de la capital Mogadiscio. Existen pocas perspectivas inmediatas tanto de las fuerzas gubernamentales como del comando estadounidense de extinguir a la milicia yihadista, una vez que se ha dado el retiro paulatino de la Misión Transitoria de la Unión Africana para Somalia, según confirma el sitio multimedia Africa News.
Este panorama de confrontación bélica ha provocado el deterioro de la situación vital de la población somalí, particularmente golpeada por la sequía que han acentuado los efectos del cambio climático. La inestabilidad sociopolítica que sufre la nación africana también ha sido provocada por las tensiones no resueltas entre autoridades regionales y federales —incluyendo el movimiento secesionista en la autoproclamada República de Somalilandia—, y las restricciones presupuestarias que limitan las operaciones de seguridad y la ayuda humanitaria. La actual administración somalí tampoco ha estado exenta del malestar ciudadano que provocó la decisión del presidente Hassan Sheikh Mohamud de permanecer en el poder una vez que expiró su mandato el 15 de mayo de 2026.
Los cientos de millones de dólares empleados por Washington en sus operaciones militares en Somalia —para nada disociados de la Política de Seguridad Nacional Estadounidense actualizada en noviembre de 2025 por el actual inquilino de la Casa Blanca— no han pasado desapercibidos para otros actores geopolíticos que pretenden incrementar su influencia en el Cuerno de África como Catar, Türkiye y Egipto. Dada la importancia geoestratégica del territorio somalí —situado en una posición equidistante del canal de Suez y del estrecho de Ormuz—, hasta la diplomacia israelí se apresuró en reconocer a Somalilandia en 2025 como «Estado independiente y soberano».
Justo cuando se cumplieron en 2026 los veinte años del derrocamiento de la Unión de tribunales islámicos que gobernó fugazmente en Mogadiscio, luego de la invasión etíope respaldada por el ejército estadounidense, la república somalí ha transitado por fases sucesivas de inestabilidad sociopolítica, radicalización de los grupos yihadistas y deterioro de los ya magros índices de desarrollo humano. Realmente, este escenario está lejos de revertirse pese al incremento de la retórica antiterrorista y el empleo de armas de última generación.
