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Quince minutos de terror para el diablo herido

Una tormenta de goles franceses en el último cuarto de hora desató la locura en París.

 

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El diablo rojo belga lleva demasiado tiempo conviviendo con la herida gala que no cicatriza. Cada vez que cruza el camino de Francia, el demonio belga se desangra. Ocurrió en 2018, en las semifinales del Mundial. Ocurrió en 2021, en la Nations League. Y este lunes, en el Stade de France, volvió a ocurrir. Durante 77 minutos, el diablo acarició la gloria con la punta de los dedos. Pero, durante 14 minutos, se desangró hasta morir. Francia remontó 4-1 y el diablo rojo, herido de muerte, se marchó de París con la sensación de que su verdugo favorito le ha vuelto a clavar la misma daga en el mismo costado.

Bélgica había jugado con la inteligencia del que sabe que tiene menos que perder. Roméo Lavia dibujó en el minuto 35 un pase filtrado que fue una obra de arte, un susurro de seda que atravesó la defensa francesa como una flecha. Dodi Lukébakio, el hombre que había entrado desde el banquillo, corrió solo hacia la gloria, superó a Guillaume Restes, el debutante en la portería francesa, y firmó el 0-1 con la frialdad de un verdugo. El Stade de France, abarrotado, se quedó en silencio. Los diablos rojos, dirigidos por un Mark van Bommel que había innovado con la titularidad de Romelu Lukaku y la sorpresa de Maarten Vandevoordt bajo los palos, defendían con orden, con carácter, con la solidaridad de un bloque compacto que ahogaba cada intento francés. Zidane, desde la banda, veía cómo su equipo, sin Mbappé, sin ideas, se estrellaba una y otra vez contra el muro belga. El diablo, por primera vez en mucho tiempo, sonreía.

Pero los técnicos, como los magos, guardan sus mejores trucos para el final. Zidane había dejado a Michael Olise en el banquillo. La apuesta era arriesgada. Pero en el minuto 60, cuando el partido empezaba a escaparse, el técnico movió el banquillo con la frialdad de un cirujano. Entraron Olise, Rayan Cherki y Lucas Da Cunha. Poco después, Désiré Doué. Y entonces, el campo se convirtió en un torbellino. El diablo, que había danzado sobre las cenizas francesas durante más de una hora, empezó a notar cómo el suelo se hundía bajo sus pies.

El primer golpe llegó en el minuto 77. Da Cunha filtró un pase al borde del área, y Doué, con la zurda que ha enamorado a toda Francia, sacó un latigazo raso que se coló en el fondo de la red. El Stade de France explotó. Cuatro minutos después, en el 81, Olise recibió en el área, se giró con la elegancia de un bailarín y sirvió un balón al segundo palo para que Cherki, con la fe de un converso, empujara el 2-1. La remontada estaba en marcha. Y en el 88, cuando Bélgica aún digería el mazazo, Olise volvió a aparecer, esta vez para firmar el tercero con un remate de derecha a puerta vacía tras una asistencia de Doué. El cuarto, en el tiempo añadido, fue el broche de oro a una actuación estelar. Cuatro goles en catorce minutos. Un cuarto de hora de vértigo que dejó al diablo rojo herido, sangrando sobre el césped de Saint-Denis, sin fuerzas para levantarse.

Bélgica, que había acariciado la sorpresa, se marchó de París con la sensación de haber sido testigo de un fenómeno meteorológico inexplicable. La defensa, que había sido sólida durante 77 minutos, se desmoronó como un castillo de naipes en el último cuarto de hora. Mark van Bommel, que había calificado la derrota como «dura», intentó mantenerse positivo: «Estoy orgulloso de mis jugadores», dijo, aunque sabía que el resultado complicaba seriamente las opciones de Bélgica en el grupo. El diablo rojo, que había llegado a París con la esperanza de exorcizar sus fantasmas, se marchó con un nuevo capítulo de pesadilla para su historia.

Francia, en cambio, acariciaba la clasificación a los cuartos de final y Zidane, el novato en esto de dirigir desde la banda, sumaba su primera victoria como local en el Stade de France. "Esta noche, esto es fútbol, esto es lo que amamos", declaró el técnico, con la sonrisa del que acaba de descubrir que su banquillo es una mina de oro.

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