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La lasaña de la perseverancia

La Azzurra cocinó a fuego lento una victoria trabajada, capa sobre capa, hasta servir un plato que empieza a tener aroma a resurrección

 

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

La lasaña, como la victoria, requiere tiempo, paciencia y la certeza de que cada capa sostendrá a la siguiente. No basta con amontonar ingredientes: hay que saber en qué orden colocarlos, cuánto tiempo dejarlos reposar y, sobre todo, no abrir el horno antes de tiempo. En el estadio Renato Dall'Ara de Bolonia, la Italia de Roberto Mancini sirvió este lunes una lasaña de perseverancia ante Turquía, un plato que empezó a cocinarse hace una semana en Bursa, que se coció a fuego lento durante noventa minutos y que terminó con el aroma inconfundible de una resurrección.

Toda lasaña necesita una base firme, una pasta que no se rompa cuando el relleno pesa. Gianluigi Donnarumma fue esa base. Turquía, herida y con Montella en entredicho, llegó a Bolonia con la urgencia de quien no puede permitirse otro tropiezo. Y en los primeros compases, los otomanos circularon el balón con más insistencia que los locales. Pero cada vez que el edificio italiano crujía, Donnarumma aparecía. El portero del PSG, líder absoluto de esta selección, sostuvo a los suyos cuando el empate turco amenazaba con desmoronar el plato. Sin esa pasta firme, la lasaña se habría deshecho.

La carne es el corazón de una buena lasaña, el ingrediente que justifica todo lo demás. Gianluca Scamacca, suplente en los tres primeros partidos, recibió su primera titularidad y la celebró como quien sirve el primer bocado de un guiso largamente esperado. En el minuto 26, Di Lorenzo descargó por la derecha, Vergara puso un centro medido y Scamacca, tras un rechace defensivo, conectó una volea que golpeó el larguero antes de entrar. Era su primer gol con la Azzurra en tres años, y suponía el 1-0. La carne estaba en su punto.

Hay una salsa que ata los sabores, que impregna cada capa y les da cohesión. Este lunes Nicolò Barella fue esa salsa. El interista, recuperado para la causa tras el partido ante Bélgica, no solo dio equilibrio al mediocampo: firmó la asistencia del segundo gol. En el minuto 64, apenas cinco minutos después del empate turco, Barella botó una falta desde la banda derecha con la precisión de un cucharón que dosifica el tomate sobre la pasta. El balón llegó al área y allí estaba Riccardo Calafiori, el defensa reconvertido en goleador, para cabecear el 2-1. La salsa había cumplido su función.

El queso es lo que corona una lasaña, lo que se dora en la superficie y anuncia que el plato está listo. Francesco Pio Esposito, el delantero que salió desde el banquillo, fue ese gratinado final. En el minuto 87, cuando Turquía ya no tenía fuerzas para levantar el plato, Issa Doumbia se desmarcó por la banda derecha, entró al área y su disparo rebotó en un defensa. Allí apareció Pio Esposito para empujar el balón a la red y sellar el 3-1. Era su enésima aparición salvadora con la Azzurra, y confirmaba que, cuando Mancini necesita un gol, el chico responde.

Ninguna lasaña sale bien si el cocinero no controla la temperatura. Roberto Mancini, en su regreso a Bolonia, movió el banquillo con la frialdad del que sabe exactamente cuándo dar el golpe de calor. Hizo nueve cambios respecto al once que empató en Francia. Dio entrada a Calafiori y a Pio Esposito en el minuto 56, justo cuando Turquía acababa de empatar y el partido amenazaba con descontrolarse. Cinco minutos después, Calafiori marcaba de cabeza. El horno estaba a la temperatura exacta.

Italia suma siete puntos en el Grupo A1, es segunda por detrás de Francia (10) y por delante de Bélgica (6), y Turquía, con cuatro derrotas en cuatro partidos, se hunde en el fondo de la tabla. La Azzurra ha pasado del mal estreno en Roma ante Bélgica a encadenar dos victorias y un empate a domicilio en París. La lasaña de la perseverancia ya está servida. Mancini lo sabe: «Debemos continuar así. Probablemente nos jugaremos la clasificación en Bélgica». Y en Italia, mientras tanto, el horno sigue encendido.

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