Ya suman más de 700 mariposas en Cienfuegos, lo que da muestra de la prevalencia del cáncer de mama. Autor: Cortesía del proyecto Publicado: 19/10/2026 | 07:19 pm
Cienfuegos.— Eída Díaz Padrón sabe que hay dolores que solo pueden comprender quienes los han atravesado. Durante 40 años trabajó como enfermera intensivista, acompañando a pacientes en momentos extremos. Hace cinco años, sin embargo, le tocó ocupar el otro lado de la historia: le diagnosticaron un carcinoma de mama en grado dos.
«Recibí todo el tratamiento para el cáncer de mama: quimioterapia y radioterapia. Fueron dos operaciones, meses de sufrimiento y un proceso muy duro», recuerda. Habla sin dramatismo, pero tampoco intenta restarle peso a lo vivido. Su experiencia personal terminaría convirtiéndose en una razón para acompañar a otras mujeres.
Cuando comenzó a recuperarse, viajó a La Habana para acudir al proyecto Alas por la Vida, que funciona en el Hospital Universitario Clínico Quirúrgico Comandante Manuel Fajardo.
Allí buscó una prótesis mamaria y encontró también una orientación decisiva: crear en Cienfuegos un grupo provincial de mujeres operadas de cáncer de mama. La provincia aún no contaba con uno.
«Me explicaron cómo formar el grupo. Regresé a Cienfuegos, hablé con mi cuñada, que es médico y trabajaba conmigo, y empezamos a organizarlo», cuenta. El 19 de octubre de 2022, en el área de salud donde laboraba, nació oficialmente Mariposas.
Al principio eran seis mujeres, vecinas del Consejo Popular Tulipán. Después, el grupo comenzó a crecer con rapidez. Médicos y enfermeras de las áreas de salud facilitaban el contacto de Eída a otras pacientes, y un grupo de WhatsApp se convirtió en la primera casa común de aquellas mujeres.
«De seis pasamos a ser cientos. Ya somos alrededor de 735», afirma. La cifra habla de una realidad dolorosa, pero también de la capacidad de organizarse y acompañarse.
En los municipios surgieron otros grupos, como Mariposas de Guamuhaya, en Cumanayagua, y Mariposas del Castillo de Jagua, correspondiente al área de salud número seis. También se trabaja para crear nuevas agrupaciones en Rodas, Cartagena y otras localidades.
Solo en las ocho áreas de salud del municipio de Cienfuegos están registradas 365 mujeres operadas de cáncer de mama. Eída recuerda que también perteneció al grupo un hombre, quien falleció. «Fue el único hombre que tuvimos en Cienfuegos», precisa.
Para las integrantes de Mariposas, el grupo es mucho más que un espacio de comunicación. Es una red de apoyo que funciona en los momentos más difíciles, cuando el diagnóstico cambia la vida, cuando aparecen los temores o cuando el tratamiento se vuelve demasiado pesado.
«Nosotras sabemos lo que vamos a decirnos y de qué vamos a hablar. Cuando una llora, nos unimos a su dolor», explica. Y entonces pronuncia una de las frases que mejor define al proyecto: «Tu dolor es mi dolor. En el grupo Mariposas nadie llora sola».
La solidaridad se expresa también en acciones concretas. Ante las dificultades para acceder a determinados medicamentos, las mujeres comparten lo que tienen. «A veces una dice: “Me quedó un pomo de quimioterapia, venga a buscarlo a mi casa”», relata. En el grupo se avisa cuando alguien necesita un fármaco y, muchas veces, aparece quien puede ayudar.
«Hemos hecho intercambios de quimioterapia y de medicamentos. Cuando a una le hace falta algo, lo ponemos inmediatamente en el grupo. En algún lugar aparece», cuenta. En medio de las carencias, esa respuesta colectiva se convierte en un alivio y, sobre todo, en una manera de no enfrentar la enfermedad en soledad.
Eída conoce bien el valor de una palabra oportuna. Como enfermera intensivista, dedicó buena parte de su vida al cuidado de otros. Después del diagnóstico tuvo que alejarse de esa labor. «Me demoré en volver a trabajar porque aparecieron otras patologías y problemas asociados al cáncer de mama», explica.
Tras pasar por una comisión médica, dejó la enfermería. Dos años después pudo reincorporarse, aunque con limitaciones. Actualmente trabaja como administradora en la Casa de Cuadros de la Unión de Jóvenes Comunistas, en Cienfuegos.
«Es una responsabilidad grande, pero tengo menos estrés. No hago guardias ni tengo que asumir otras tareas que me impedían trabajar como enfermera», comenta.
Ese espacio se convirtió también en la sede de Mariposas. Durante un tiempo, las actividades se realizaban en locales prestados, como Electromedicina, o en cualquier lugar disponible. Hoy, en la Casa de Cuadros, las integrantes pueden reunirse, conversar y recibir las donaciones destinadas al grupo.

Su impacto también ha llegado a comunidades y centros de información y culturales. Foto: Del autor
Desde hace dos años, las ayudas procedentes de Holanda llegan directamente a Cienfuegos. Antes debían trasladarse a La Habana para recogerlas. Las donaciones incluyen prótesis mamarias de silicona, ajustadores, trusas y mangas para prevenir o aliviar los linfedemas.
«Ya no tenemos que ir a La Habana. La donación llega directamente aquí», explica Eída. La entrega más reciente se efectuó en la Casa de Cuadros, un espacio que ella describe con satisfacción: «Es una casa muy linda; todo está perfecto».
Mariposas no se limita a atender a sus integrantes. Sus miembros participan junto a la Federación de Mujeres Cubanas en actividades comunitarias, donde conversan sobre prevención, diagnóstico temprano y seguimiento médico.
«Cuando llegamos a una comunidad y hablamos del cáncer de mama, aparecen mujeres que no estaban registradas. Algunas dicen: “Yo soy Mariposa; fui operada hace 30 años”», relata. Cada encuentro permite identificar a nuevas pacientes y orientar a quienes no saben a dónde acudir.
Para Eída, la palabra más importante en esa labor es «a tiempo». El diagnóstico temprano puede marcar la diferencia entre un tratamiento oportuno y una enfermedad avanzada. «Cuando sientas ese bultico, tienes que acudir rápido al médico», recomienda.
No se trata de ignorar el miedo, sino de no permitir que paralice. «Mientras más rápido te operan y comienza el tratamiento, mayores son las posibilidades», afirma. También insiste en la necesidad de mantener el seguimiento médico después de la operación.
Ella misma conoce esa responsabilidad. «Estoy esperando los resultados para un segundo proceso porque me he sentido mal y tengo que chequearme», cuenta. Un ultrasonido descartó la presencia de un nódulo y señaló una posible adenopatía inflamatoria, pero Eída sabe que no basta con suponer: hay que consultar, revisar y continuar los controles.
En cuatro años, Mariposas ha despedido a 39 de sus integrantes. Eída asegura que, en muchos casos, la demora en el tratamiento influyó en el desenlace. Por eso habla de ellas en presente emocional, como si todavía ocuparan un lugar en el grupo.
«Siempre las mencionamos. Estuvieron con nosotras, conocimos a sus familias y fue muy doloroso», dice. La memoria también forma parte del acompañamiento. Cada mujer que se marcha deja una historia, una enseñanza y un espacio que las demás se niegan a olvidar.
El proyecto, sin embargo, no quiere crecer indefinidamente. Eída recuerda una frase de una maestra, madre de una de las integrantes, que suele acompañarlas: «Ojalá este grupo no siga creciendo; ojalá no aparezcan más mujeres con cáncer».
La contradicción es dolorosa. Mariposas necesita llegar a más mujeres, pero sueña con que cada vez sean menos las que necesiten incorporarse. Mientras ese día llega, sus integrantes continúan educando, orientando y acompañando.
«Queremos que las mujeres sepan que existe un grupo de apoyo donde pueden buscar orientación: a dónde ir y qué hacer», explica. Todavía hay pacientes que desconocen los servicios disponibles en sus áreas de salud, incluidos los espacios para realizarse ultrasonidos mamarios y recibir seguimiento especializado.
Para Eída, cada Mariposa puede convertirse también en educadora de salud. «A cualquiera del grupo le pueden preguntar qué actividades hacemos, dónde y a qué hora. Todas saben por qué nos vestimos de rosado», afirma.
El color no es un simple distintivo. Es una manera de hacer visible una causa, de reconocerse en la calle y de decirles a otras mujeres que no están solas. En cada encuentro, el rosado funciona como una señal de apoyo y de esperanza.
Eída Díaz Padrón habla desde una experiencia que todavía le exige cuidados y vigilancia, pero también desde la certeza de que acompañar puede salvar del aislamiento. Fue enfermera antes de convertirse en paciente. Ahora ejerce otra forma de cuidar: reúne, orienta, escucha y abraza.
«En Mariposas somos amigas; hermanas, más bien», dice. Y tal vez esa sea la definición más exacta del proyecto: una familia nacida del dolor, sostenida por la solidaridad y empeñada en que ninguna mujer tenga que atravesar el cáncer de mama sin compañía.
La Unión de Jóvenes Comunistas y otras organizaciones de masas se han sumado a la causa de tan noble grupo. Foto: Del autor
