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Dilemas de vida

Aferrados a lo suyo, algunos no quisieron evacuarse y después de sentir el silbido del agua en sus cuellos, pidieron a gritos que los rescataran. La vida vale todo, pero la vida desde cero resulta tremendamente dolorosa, asfixiante

Autor:

Osviel Castro Medel

BAYAMO, Granma.— Acababa de llegar a la ciudad, después de ser rescatada en un helicóptero. Lloraba. Lloraba y se le entrecortaba la voz mientras iba narrando lo que había vivido en La Cartuja, uno de los tantos barrios de Río Cauto que fueron invadidos por las aguas.

Ella estuvo varios días protegida en la casa de un familiar en Bayamo, «por la segunda línea del tren» (imagino que se refería al barrio Tamayito), y tras ver el sol, luego del paso del huracán Melissa, se fue, por su cuenta, a su hogar, abrazando a la hija de diez años.

Pero la leve inundación terminó convirtiéndose en monstruo acuático; comenzó a lamer las paredes de su casa, a subir, a buscar cuerpos... y ella, como todos sus vecinos, se asustó al máximo.

Después de horas de angustia la rescataron junto a la niña, con muy poco a cuestas. «Ay, mijo, si feo es ver el agua que viene por la tierra, da más miedo ver ese mar sucio desde el aire», dice y se le vuelve a ir la voz.

Hay que entenderla: desde la ventanilla del helicóptero, mientras se alejaba de todo lo conocido, no solo vio el «océano» achocolatado que se iba tragando su hogar, levantado con mil sacrificios. Vio a su esposo. Y junto a él, a otros diez hombres plantados en medio de la crecida, que no quisieron subir al aparato.

«Yo no me voy a ahogar», le había gritado él, mientras las empujaba a ella y a su hija hacia la seguridad del helicóptero. Se había quedado con una cámara de goma de tractor, unas sogas, un cuchillo...

Lo hizo porque quería cuidar «unas vaquitas», a las que trepó a una pequeña loma. El rebaño no llega a 15 reses; sin embargo, representa años de una historia personal, su piel, luchas, símbolos.

Se suele decir por estos días de catástrofe y emergencia, de juzgadores y agoreros: «Lo más importante es la vida», y no hay verdad más grande, pero hay dilemas que llevan a aparentes locuras, a riesgos impensables, a actos graves para tratar de conservar lo poco que se tiene.

Otros, aferrados a lo suyo, tampoco quisieron evacuarse y después de sentir el silbido del agua en sus cuellos, pidieron a gritos que los rescataran.

La vida vale todo, pero la vida desde cero resulta tremendamente dolorosa, asfixiante, demasiado triste.

Viéndola llorar, —diciéndome el nombre que poco importa plasmar aquí— uno también puede comprender realidades del pasado, porque en tiempos de otros temporales no faltaron desalmados que hicieron el papel de crecidas y se llevaron hasta las pertenencias más insospechadas.

En cuanto al esposo, pasó la noche envuelto en una lona, estrujado por el frío, roto de angustias, temeroso de morir. Eso, hasta que al día siguiente tuvo que ser montado en un pájaro metálico para engrosar la lista de 415 rescates y 5 600 personas salvadas por estos días en Granma desde el paso de Melissa.

Es imposible dibujar el abrazo que ellos se dieron al rencontrarse. Cuánto habrán hablado sobre lo que deberán luchar para sobrevivir mañana, sobre si esta inundación supera la del Flora, sobre lo terrenal y lo divino.

Probablemente, más quieto el río, verán a su regreso, en el camino, animales clavados en las cercas, basura arrastrada, cosas que permanecieron pese a la fuerza del agua.

Quedará tal vez el rebaño mermado, la casa por levantar de nuevo, y otros dilemas extraordinarios para volver a comenzar.

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