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Porvenir, fotografía y detalles

 

Hay en La Habana Vieja una calle que lleva el nombre de Porvenir. Es el antiguo callejón de la Samaritana, que, finalizada la Guerra de Independencia, adoptó su nueva denominación porque sus vecinos pensaban, ingenuamente, que la República anunciaba un porvenir de seguridad y progreso.

No es ese el Porvenir que interesa ahora, sino la avenida del mismo nombre que atraviesa la barriada de Lawton. Con 20 metros de ancho, corre entre la Calzada de Managua y la de Luyanó. En su esquina con Concepción, el 14 de marzo de 1958, durante un enfrentamiento armado, la policía batistiana ultimó a cuatro valerosos combatientes clandestinos del Movimiento 26 de Julio. Por eso esta vía, una de las más transitada de la ciudad, sigue siendo para algunos la de los cuatro mártires de Lawton.

Calle séptima

La referencia más antigua al reparto Lawton se remonta a 1859, cuando don Lázaro Ferrer y Herrera proyectó dividir en solares su hacienda San Pedro Apóstol, en Jesús del Monte. De ahí que en sus inicios Lawton no fue Lawton, sino el reparto Ferrer, donde, en un comienzo, se edificó sin la precaución de dejar espacio a las calles que saldrían a la entonces Calzada de Jesús del Monte (hoy Diez de Octubre). Las primeras que lo hicieron, en 1860, fueron Milagros y Santa Catalina. Por esa misma época, como era obligatorio, Ferrer cedía al Ayuntamiento, para usos públicos, el área de 10 000 metros cuadrados comprendida entre las calles Milagros, Santa Catalina, Armas y Séptima, que a partir de 1912 sería Porvenir.

La preceden seis calles desde la Calzada: Delicias, Buenaventura, San Lázaro, San Anastasio, Lawton y Armas. En el espacio cedido se construiría el parque Buttari.

La segunda urbanización del reparto, en 1919 —la primera se registra en enero de 1912— dio un ancho de
13 568 metros a las calles San Anastasio, Lawton, Armas, Dolores, Concepción, San Francisco, Milagros y Santa Catalina; de 14 metros a Octava y Novena, y de 20 a la Avenida de Acosta y, como ya se dijo, a Séptima.

Estado de ruina

El Buttari fue uno de los parques de la infancia del escribidor. No era un sitio agradable ni de su preferencia, como lo era el de la 12ma. Estación de la Policía Nacional, en la Avenida de Acosta. Lucía, a los ojos del niño aquel, sucio y descuidado. Sus áreas verdes eran un desastre, y ni hablar de su glorieta, bancos, fuentes y escaleras… todo parecía allí haber sido roto a mandarriazos.

El escribidor nunca ha tenido una explicación satisfactoria de tanta destrucción. Hay versiones. Mientras algunos la atribuyen a la mala calidad de los materiales empleados, un posible desvío de parte de ellos —no es un fenómeno reciente— y la prisa con que se trabajó, otros aseguran que el responsable de aquella calamidad fue un hombre cuya hija había sido «perjudicada» en el lugar. Así, con aspecto de ruina, llegó a la Revolución, que repuso sus áreas para esparcimiento y descanso y erigió el campo deportivo que heredó el nombre primitivo: Buttari, que se repite sin que casi nadie sepa ya a quien alude.

Daniel Buttari fue un miembro de la Policía Nacional que organizó dentro de dicho cuerpo una conspiración para derrocar a Machado. Según la prensa de la época, contó con unos 2 000 complotados, lo cual parece una suma demasiado elevada. Vivía en Lawton, era de tendencia nacionalista y seguidor del coronel Mendieta y el general Menocal. Sus movimientos despertaron la sospecha del capitán Miguel Calvo, jefe de la Sección de Expertos (policía política) y del capitán Crespo Moreno, jefe del Batallón Presidencial, con asiento en el castillo de Atarés.

Su organización fue penetrada; en julio de 1932, Buttari fue detenido y asesinado. Se dice que el primer balazo se lo dio Octavio Zubizarreta, secretario de Gobernación del régimen de Machado.

El caso Penabaz

Un hecho de sangre, hoy olvidado, se registró en esta avenida el 2 de febrero de 1934. En un paraje oscuro y desierto de Porvenir, un comando guiterista mandado por Alberto Sánchez —quien lograría escapar del cerco de El Morrillo y moriría en España luchando por la República— atentó contra la vida de José Luis Penabaz (Chano) dirigente de Joven Cuba (JC) en Oriente, a quien se consideró traidor a Guiteras y a la organización. El coronel Batista, se dijo, lo tenía bajo se égida y pagaba su traición.

No era Penabaz un personaje menor dentro de la trama secreta del guiterismo; conocía los pormenores del movimiento y controlaba toda su estructura en la zona oriental. El ejecutivo de JC optó por convocarlo a La Habana y ejecutarlo. Ya en el escampado, Sánchez le metió un tiro de pistola 45 en la nuca y el comando lo dio por muerto. Pero el sujeto sobrevivió. Batista en persona ordenó que lo internaran, bajo protección policial, en el Hospital Militar de Columbia, y pidió al doctor Ricardo Núñez Portuondo, una de las cimas de la cirugía cubana, que lo asistiera. Un grupo guiterista planeo entonces envenenarlo con una comida que se le enviaría de fuera, pero Guiteras se negó: «Dejen a Chano en paz —advirtió—, ya ha sufrido bastante».

Recuerdos

En Porvenir, frente al parque Buttari, vivieron el político machadista Aquilino Lombart, a quien se atribuye aquella repetida frase de «¡A correr, liberales de Perico!», y el batistiano Cándido Mora Morales, que logró salir de Cuba al triunfo de la Revolución y luego, como parte de la brigada 2506, regresó en la invasión de Girón, donde fue apresado.  La que fue su casa es hoy una escuela.

En el trayecto desde La Palma hacia Luyanó, Porvenir pasa frente a las extintas instalaciones del 5to. Distrito Militar, sede del Regimiento José Martí, encargado de la atención del sur de La Habana.

Dos cuadras más abajo, en la esquina con San Francisco, se hallaban, contiguas en el mismo portal, la carnicería de Gerardo Iglesias y la nevería de Periquín, donde se jugaba noche a noche al dominó, competencia en la que era participante habitual el señor Andrés, querido y respetado maestro del Colegio Galbán.

Era ese el predio de un sujeto que había perdido la razón, y que quien esto escribe recuerda con su tez aceitunada, barba rala y cabello empegostado, cubierto de manera invariable con levas un par de veces mayores de la de su talla. Era un loco pacífico, amable hasta cierto punto, y aun así imponía respeto a los niños, que procuraban evitarlo. Se contaba que antes de enloquecer, si se le preguntaba cómo estaba, respondía siempre: «Aquí, laborando». Y ese Laborando fue el mote que lo acompañó en su locura. Nadie sabía el nombre real de Laborando.  Después de 1959 se esfumó como por encanto. Posiblemente fuera internado en una casa de salud.

Vecino de la carnicería de Gerardo eran el ajedrecista Melián y la familia del hoy olvidado pintor Miguel Díaz Salinero, que se especializó en retratos de José Martí.  También, ya en la esquina con Concepción, una familia colgaba en su sala de estar, tanto cuando Batista como en la Revolución, un retrato —pienso que al óleo—, del presidente Carlos Prío, que por sus dimensiones se hacía bien visible e identificable desde la calle. En la cuadra siguiente, una señora ya mayor brindaba amable y desinteresadamente su patio para la inhumación de mascotas.

Porvenir era una calle residencial. Los centros de trabajo eran escasos en ella. Sí algunos establecimientos comerciales: una farmacia en la esquina con Concepción y otra en la esquina con D. Una ferretería y un servicentro en Porvenir y A. El colegio de los Padres Trinitarios, hoy escuela secundaria básica Félix Varela. Alguna que otra quincalla. Un bar, El Cangrejito, en Porvenir y C. La Central de Lawton —restaurante, bar, cafetería, dulcería, en la esquina con Dolores—, y en Porvenir y B, El Bombero, que era panadería, bar, venta de víveres y licores finos, como rezaban los anuncios de la época, y aunque llegó de último, pronto ganó la preferencia del público. Abría sus puertas, en la esquina con Beales, un bar de mala muerte donde el escribidor, muy joven, que a ratos se dejaba caer por allí, conoció a ese personaje de la noche habanera —y de las tardes también—, que es la mesera. Finalizamos con un establecimiento de la constructora del arquitecto Jorge Luis Echarte, quien, ya al final del camino, erigió un edificio emblemático del Movimiento de la Arquitectura Moderna en Cuba: el de la Compañía Cubana de Electricidad, hoy Ministerio de Energía y Minas.

Grito de Luyanó

En las inmediaciones de lo que sería Porvenir ocurrió, el 2 de noviembre de 1868, lo que se ha llamado el Grito de Luyanó, uno de los primeros hechos de armas en el occidente de la Isla, en el que cuatro o cinco patriotas blancos y unos 30 esclavos liberados, con un armamento precario, se alzaron contra el colonialismo español. Aunque fracasó y fue ahogado con rapidez fue un gesto que enardeció el patriotismo.

 

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