Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Personajes de la noche

Me preguntan por qué en la página del 31 de mayo pasado utilicé el término fletera y no el de prostituta para aludir a la mujer que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero o favores. Son términos sinónimos, pero hay una ligera diferencia entre uno y otro. La prostituta tenía un lugar fijo para hacer lo suyo y allí se «ocupaba» del cliente. La fletera salía a buscarlo a la calle. Ambas eran personajes de la noche.

La primera se regía por ciertas normas sanitarias; debía tener actualizado su carné de salud que, al igual que los empleados de café, debía procurarse, cada seis meses, en la dependencia de Ministerio de Salubridad que existía en la Calzada de Infanta casi esquina a Manglar. Documento que, tanto la prostituta como el trabajador gastronómico, debían mostrar al inspector de Sanidad o agente policial que lo solicitara.

Conseguido el cliente, la fletera lo llevaba a la habitación de una casa particular o de vecindad que tenía convenida, o a alguno de los hotelitos o casas de cita (posadas) que no era raro encontrar en La Habana y en los que era posible rentar una habitación por horas. Dependía menos del chulo que la prostituta y se libraba de abonar su parte a la «matrona» del burdel. La Policía le pedía cuentas a menudo, bien para apropiarse de lo que tenía recaudado o aprovecharse de sus favores, pero no la molestaba si iba acompañada de un hombre, de ahí que ante la inminencia del asedio policial la fletera pedía a cualquier transeúnte desconocido que le tirara el brazo por encima o la tomara por la cintura y evitar así que la autoridad la desplumara o las molestias de una noche en un calabozo.

Zonas de tolerancia

Un prostíbulo famoso pervive en el imaginario popular, el de Marina, en la calle Colón número 258, en el habanero barrio de ese nombre, visitado en su momento por el senador John Kennedy, el político británico Winston Churchill y el dominicano Juan Bosch en los tiempos en que escribía los discursos al presidente cubano Carlos Prío. Tarifaba a diez pesos el servicio.

Dos sonadas zonas de tolerancia hubo en esta capital. La de Colón, cuyo eje central era la vía de ese nombre, y se extendía por las calles Crespo, Blanco, Bernal… La otra zona era la de Pajarito, con eje central en esa calle llamada también Retiro. Era un rectángulo enmarcado por Infanta y Belascoaín, Carlos III y Llinás. Pajarito, surgida en los inicios de la II Guerra Mundial, era conocido asimismo por el barrio de La Victoria, se dice que por la confianza de sus patrocinadores en el triunfo de los aliados sobre el eje Roma-Berlín-Tokio.

En esa época llegaban a La Habana muchísimos militares norteamericanos, en especial marines, en busca de bebidas, entretenimientos y mujeres. La Victoria fue entonces también una gran victoria económica para los dueños de un negocio al que se asociaban otros como los juegos de azar, la pornografía y las drogas.

Eran barrios como otros. El prostíbulo alternaba en ellos con el almacén, la oficina, la redacción y los talleres de una revista, el laboratorio, la fábrica, la casa de familia. Por eso las familias que vivían en ellos solían poner en las puertas de sus viviendas, en una ventana que daba a la calle o en cualquier otro sitio donde se hiciera visible, el cartelito de «No moleste. Esta es una casa decente», que evitaba las incursiones de visitantes no deseados.

Reloj Club

Varios esfuerzos se acometieron en Cuba por acabar con las zonas de tolerancia. La de San Isidro, que nació en los días de la primea intervención militar norteamericana en Cuba, cerró de manera temporal, ya muerto Alberto Yarini, en 1911, y en ese año un decreto del presidente José Miguel Gómez disponía reasentarla en Luyanó, en las manzanas enmarcadas por las calles Pérez, Arango, Juan Alonso y Rosa Enríquez. Empeño que no fructificó. El dictador Gerardo Machado y su ministro de Gobernación (Interior) Rogerio Zayas-Bazán, enarbolando un programa de «regeneración social», trataron de desalojar San Isidro, pero las muchachas, testaduras, se empeñaron en permanecer y las que se fueron, no demoraron en regresar. Fue por entonces que nació la zona de tolerancia de Colón que el presidente Prío, presionado por su ministro de Gobernación, Lomberto Díaz, intentó también, sin éxito, desalojar. Fue por entonces que Eliseo Grenet compuso su Felipe Blanco: «Ya los majases no tienen cuevas, Felipe Blanco se las tapó», prohibida por la Comisión de Ética Radial.

Clausurarlas, en definitiva, no acababa con el problema, más bien lo agudizaba porque incrementaba el ejército de fleteras que, al no estar registradas, evadían las regulaciones sanitarias que eran obligatorias. Tampoco acababa con las meseras de bares y cantinas, ocupación que, en la mayoría de los casos, enmascaraba la otra, ni con la prostitución de lujo, con la que ningún Gobierno se metía.

Chulos y «matronas» reclutaban a mujeres muy jóvenes en el interior del país o en los sectores menos favorecidos de la sociedad y las engatusaban con una y mil promesas para enfrentarlas a la triste realidad del prostíbulo, del que ya no podían salir sin saldar las deudas que habían contraído con su «protector». No pocas vinieron del exterior.

Parece, no es seguro, que hubo casas de Marina en varios lugares de La Habana. Por Infanta. Por Malecón… Cuando en tiempos de Prío la célebre «matrona» se sintió amenazada con la clausura del barrio de Colón, instaló su negocio en la casa de las cúpulas de la Avenida 23, a la salida del puente Almendares, a la izquierda, según se avanza desde El Vedado haca Playa, en el inmueble donde, en los años 30, estuvo el Riverside Club y estaría, a comienzos de los 50, el Canal 11 (Televisora del Caribe S. A.) de la TV cubana. De allí la sacaron las señoras del reparto Kohly, y Marina construyó entonces el Reloj Club, en la Calzada de Rancho Boyeros. Muchos quisieron, pero nadie pudo arrebatarle la primacía a la española Marina Cuenya. Salió de Cuba después de 1959 y falleció en Miami alejada del oficio que tanta celebridad le granjeó. En lo que fuera el burdel de la calle Colón puede verse aún la imagen de bulto de la Santa Bárbara que la acompañó durante años, despojada, eso sí, de su corona y su espada de oro que la dueña se llevó consigo o dejó escondidas en alguna parte.

A diferencia de lo que se piensa, el chulo casi nunca era el dueño del negocio. Pajarito estaba en manos de dos o tres homosexuales y de una o dos mujeres que eran los que allí realmente «cortaban el bacalao». Uno de esos sujetos, que respondía por «Felipita», era de los más notables traficantes de blancas entre La Habana y Caracas.

Un inmueble destinado a burdel, por viejo y deteriorado que estuviese, pagaba una renta mensual de 400 o 500 pesos. Los proxenetas eran solo una parte de la cadena, y no de las más sólidas. Daban protección a sus mujeres, apaciguaban o impedían la violencia, que no era mucha. Como norma, se podía recorrer Colón y Pajarito con tranquilidad y confianza absolutas. Nadie se metía con nadie. El negocio marchaba sobre ruedas.

Con nombres de guerra

Las tarifas no eran las mismas en Colón que en Pajarito. En los tiempos en que el escribidor frecuentaba ambos lugares, el servicio en Pajarito tenía un costo de cinco pesos y era de dos en Colón. Había zonas más baratas, como la de Omoa. Y burdeles disimulados bajo cualquier fachada. En los más ranqueados, podía el cliente escoger por fotos entre la oferta de la casa y pedir incluso que se la enviaran a donde decidiera. Hasta hace poco anduvo por ahí el álbum con las fotos de las pupilas de Marina.

En Pajarito, las muchachas eran escogidas por su belleza y las ponían en la calle en cuanto se ajaban. Había mucha luz en Pajarito, no ese aire de podredumbre y hacinamiento que se percibía en Colón. Mientras que aquí las prostitutas se mostraban desnudas o casi a las puertas o ventanas del burdel, anunciándose a voces, en Pajarito las muchachas se atenían a ciertos preceptos; aguardaban vestidas en el salón la llegada el cliente que les preguntaba si se querían «ocupar». Ninguna de ellas se identificaba con su nombre real; tenían un seudónimo como nombre de guerra.

Pajarito desapareció a mediados de la década del 60. Colón un poco antes.

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