Lecturas
No pocas personas se me han acercado en la calle a fin de pedirme que escriba sobre el Día de los Padres. Las complaceré, pero a medias.
Sobre el Día de las Madres y su primera celebración en Cuba existe abundante información desde que aquel gran periodista, proteico e incansable, que fue Víctor Muñoz inició en 1919, en el periódico El Mundo, de La Habana, su prédica para que la fecha, que se festejaba desde 1914 en EE.UU., se introdujera en Cuba, y un grupo de entusiastas de Santiago de las Vegas —Teodoro Cabrera, Francisco Montoto, Francisco Simón…— acogía la iniciativa y se comprometía a trabajar para que al año siguiente la fiesta de las madres tuviera lugar por primera vez en Cuba, lo que ocurrió en efecto en esa localidad del sur de La Habana. En 1921, Muñoz, ya concejal del Ayuntamiento habanero, proponía en esa instancia la celebración del segundo domingo de mayo en el municipio de La Habana, pero no sería hasta 1928 en que, por acuerdo de la Cámara de Representantes, la celebración se haría nacional.
Hace ya mucho tiempo —recuerde el lector que esta columna está a punto de cumplir 25 años— no fue mucha la información que acopié sobre el Día de los Padres en Cuba, al que aludí en una de estas páginas. Ahora me sucede algo peor. En un archivo cada vez más revuelto y desordenado, no localizo las fuentes de entonces ni tampoco la nota que escribí. Sí puedo asegurar que dicha festividad nació en la Isla en junio de 1938 y que se introdujo gracias a la iniciativa de Dulce María Borrero de Luján, quien abogó por la generalización de ese homenaje, lo que consiguió gracias a su prestigio personal y, en particular, a su don comunicativo llano y optimista.
Fue Dulce María (1883-1945) autora de una poesía intimista y refinada que se movió entre lo romántico y lo modernista. Una buena poeta, de expresión sencilla y emoción directa, con una habilidad descriptiva que le permitía dar vida a un paisaje con tres o cuatro versos, aunque de menos concentrado lirismo que su hermana Juana, la famosa Virgen triste cantada por Julián del Casal.
Publicó Dulce María un solo poemario, Horas de mi vida (1912) y prosas como su elogio póstumo a Amado Nervo y el ensayo «La poesía a través del color», pues fue una dibujante apreciable. Otro ensayo suyo, «El matrimonio en Cuba», en el que abogó por el divorcio, la muestra como defensora de los derechos de la mujer. En la segunda y última etapa de su creación, dice el crítico dominicano Max Henríquez Ureña, su poesía, aunque más elaborada, es menos espontánea y emotiva. Se nota mayor seguridad de expresión en su verso, pero ya en su madurez mata el lirismo intimista que tanto la enalteció.
Resulta imposible escribir la historia de la moda en Cuba sin mencionar su nombre. Miembro de número de la Academia Nacional de Artes y Letras y bibliógrafa capaz. Desempeñó la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación.
De su padre, Estaban Borrero (1849-1906) decía Enrique José Varona que era el hombre de más talento que había conocido. Médico, comandante del Ejército Libertador —combatió en la Guerra Grande, en la que, más de una vez, fue herido en combate y al final, hecho prisionero— dejó una obra escrita notable que la crítica califica dentro del cuento filosófico.
Afirma el ya mencionado Henríquez Ureña: «Podía envanecerse de haber triunfado en la vida, pero en su interior rugía la tormenta; era un nuevo Calófilo, el héroe de su primer cuento, enfermo de duda, atacado del mal del siglo. Poco a poco fue madurando en su mente la idea de que era mejor ausentarse de este mundo en vez de compartir su miseria, y así llegó a expresarlo en conversación íntima con Varona, que sostuvo con él, con ese motivo, un largo debate ideológico en la creencia de que aquello obedecía a una crisis pasajera de ofuscación o de pesimismo. Días después, en el balneario de San Diego de los Baños, adonde había ido en busca de reposo, amaneció ahorcado el creador de Calófilo, que había sido forjado a su propia imagen y semejanza».
Una muerte trágica tendría también Ana María (1895-1947) hermana de la poeta de Horas de mi vida. El periódico para el que trabajaba la envió a México con motivo de la visita del presidente norteamericano Harry Truman. «Cubría» uno de los actos del recibimiento cuando ocurrió una estampida y murió ella aplastada por la multitud.
Juana (1877-1896) es, a no dudarlo, el miembro más ilustre de la familia Borrero. Un caso excepcional de precocidad. Siente por Casal una fascinación que va más allá de lo literario, con la que, muerto el autor de Rimas, contagia a su novio que llega a sentir por Casal el mismo atractivo, la misma fascinación que ella, y es que ambos están prendados del mismo recuerdo.
«… yo siempre te adoro como un hermano», dice Casal a Juana. Y añade: «… porque en ti veo ya la tristeza / de los seres que deben morir temprano».
Así fue. Fallece ella en Cayo Hueso, donde los Borrero, durante la Guerra de Independencia, buscaron refugio por sus ideas separatistas. Pocos días antes de su muerte, mordida por la sierpe que llevaba oculta en el pecho, visita el cementerio donde seria enterrada para reconocer la tierra que acogería su morada en la eternidad. En aquel islote que Martí llamó «el Cayo querido; la yema de la República», y donde se halla, muy cuidado, el modesto panteón que la acoge, pintó Juana una de sus obras medulares, Los tres negritos que, al decir de Lezama Lima, sirve de fondo a la sonrisa enigmática y acumulativa del cubano.
El Día de los Padres es una de las fechas en que los hijos expresan el cariño por sus progenitores, un día en que por lo general no faltan la reunión familiar, el almuerzo dominguero y los regalos. Porque, al igual que el Día de los Enamorados o el Día del Médico, no dejaba de tener su toque de negocio. Las tiendas «hacían su agosto» en la víspera de esa fecha.
En Cuba se celebra el tercer domingo de junio, y se le llama Día de los Padres. No sucede así en todos los países. En algunos se le llama Día del Padre (o de la Madre) porque es al nuestro al que rendimos homenaje, y no a los padres en general.
En América Latina, al igual que en EE.UU. y Canadá, se celebra, como en Cuba, el tercer domingo de junio. Pero en Bolivia y Honduras la festividad tiene lugar el 19 de marzo, día de San José, el carpintero padre de Jesucristo, en tanto que en Brasil la fiesta corresponde al segundo domingo de agosto, en la República Dominicana, al último domingo de junio y en El Salvador, al 17 de ese mes. En la Argentina, donde empezó a celebrarse el 24 de agosto de 1958 en honor a José de San Martín, Padre de la Patria, la fiesta pasó para el tercer domingo de junio que es cuando tiene lugar en la actualidad.
Unas 80 naciones lo celebran ese día por encima de idiomas, costumbres y creencias. Figuran entre ellas Japón y Camboya, Etiopía y Filipinas, India, Kenia y Kosovo, Malasia y Namibia, Túnez y Turquía… También Paquistán, Omán y Nigeria…
En algunos países —Egipto, Palestina…— se celebra el primer día del verano, y en otros, como Tailandia, la fiesta coincide con el cumpleaños del monarca. En algunos, la fiesta tiene dos celebraciones. Ocurre así en Bélgica, que es el segundo domingo de junio salvo en Amberes, donde se celebra el 19 de marzo, y en Suiza, que lo festeja el 19 de marzo solo en el cantón Ticio, porque en el resto del territorio es el primer domingo de junio.
Poetas cubanos dedicaron versos a sus progenitores.
Con su ¿Y Fernández?, Roberto Fernández Retamar legó una de las piezas verdaderamente grandes de la lírica cubana, un poema que toca hondo a quien lo lee. Es imposible dejar de mencionar Conversación a mi padre, de Eugenio Florit. Y a Nicolás Guillén que pide al padre, muerto durante la revuelta liberal de La Chambelona (1917), que le dé su ayudita en la carga para expresar enseguida (cito de memoria):
«… Yo estaba frente al vasto pizarrón de las cosas,
Con su sistema de ecuaciones odiosas,
La tiza que me diste en la mano y la frente fruncida
Tratando de arrancarle en vano su incógnita a la vida».