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El adiós del GOAT

Las lágrimas de Nueva Jersey no fueron por un trofeo perdido, sino por el eco de un final que ya latía en el pecho. El capitán se retira con el alma vacía y el arco iris de los sueños cumplidos, pero también con el peso de una despedida que duele como una herida que no cicatriza

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El tiempo siempre cobra su deuda. Y el lunes, con una carta escrita a mano que parecía más un testamento que un adiós, Lionel Messi le firmó el recibo. Veintiún años de una historia que tuvo más curvas que una pelota de fútbol, más altibajos que un latido en la prórroga, se cerraron con un susurro en Instagram. Pero no hubo estruendo, sino el silencio pesado de quien ha dado todo y ya no encuentra más monedas en su bolsillo.

Porque el fútbol, espejo de vanidades y traiciones, fue generoso y cruel con él. Lo elevó al Olimpo con una Copa del Mundo en Catar, ese diamante que brilló en 2022, después de arrastrarlo por el barro de cuatro finales perdidas, como golpes de martillo en un yunque que forjó su leyenda a base de cicatrices. Aquel 19 de julio, en Nueva Jersey, cuando España levantó el trofeo a sus espaldas y él se quedó inmóvil, llorando en el centro del campo, los ojos del mundo creyeron ver la pena de un subcampeón. Pero era mucho más que eso: era el estertor de un ciclo, el preludio de una muerte anunciada. Sus lágrimas no eran de derrota; eran de despedida.

Ahora lo sabemos. La carta que escribió dos días después de aquella final —como quien escribe su propio obituario— guardaba las palabras que el pudor y la enfermedad de su padre, Jorge, obligaron a silenciar. El destino, ese dramaturgo de mal gusto, quiso que el adiós a la Albiceleste llegara escoltado por el adiós a su guía, su representante, su sangre. Jorge Messi se fue el 8 de agosto, y Leo, huérfano de padre y de camiseta, se quedó solo con su verdad: «Me vacié, ya no tengo más para dar».

Y esa frase resuena como un lamento que recorre las pampas y se enreda en los cordones de los botines. El hombre que anotó 125 goles con la celeste y blanca, el que bailó sobre el césped de los mundiales con 21 dianas, el que fue ocho veces Balón de Oro, confiesa que su alma es un desierto. «Dolió y duele en el alma», escribe, y uno siente que cada letra es un suspiro, cada coma un sollozo contenido. Porque Messi nunca fue de discursos grandilocuentes; su oratoria era la pelota en los pies, el regate que desnuda defensas, el pase que es un poema. Ahora, al hablar con el papel, parece un boxeador que cuelga los guantes y admite que los golpes ya no los esquiva, sino que los lleva tatuados en los huesos.

Su trayectoria con Argentina fue una montaña rusa de emociones: el debut en 2005, la sombra alargada de Maradona, aquel Mundial de Sudáfrica donde el Diez le entregó la 10 como un cetro y un peso. Luego vinieron las noches en brasas: las finales perdidas contra Alemania, contra Chile, contra la propia historia. Messi renunció en 2016, como quien huye de un fantasma, pero volvió porque el amor de su país era más fuerte que el orgullo. Y entonces, cuando todo parecía un cuento de hadas con final triste, llegó Scaloni, el técnico de las manos firmes, y armó la maquinaria perfecta. La Copa América 2021, el Mundial de Catar 2022 —ese sueño húmedo que despertó a una nación—, y otra Copa América en 2024, como un bis que nadie esperaba.

Pero el fútbol es un vampiro que chupa juventud. Y Messi, a sus 39 años, sintió que las piernas ya no respondían al mismo compás. La MLS, con su ritmo más pausado, fue un oasis, pero también un reconocimiento: el tiempo había pasado, y el cuerpo, ese traidor silencioso, empezaba a hablar en voz baja. «Vienen chicos atrás que merecen estar», dice, y su generosidad es un puñal en el pecho de los que querían verlo eterno. Porque él, el mejor de todos, el GOAT, se retira no por soberbia, sino por sabiduría; no por cansancio, sino por lucidez.

Las reacciones no se hicieron esperar. La AFA le agradeció por hacer realidad los sueños, y sus compañeros, los soldados de aquella batalla gloriosa, le dedicaron palabras que saben a abrazo y a despedida. Rodrigo De Paul habló de

«batallas internas», Paredes de «amor incondicional», Romero de «agradecimiento eterno». Pero detrás de cada elogio se cuela el mismo clamor: ¿cómo se llena el vacío que deja un genio?

Messi se va con el orgullo de haber regalado momentos soñados, pero también con el peso de una decisión que le rompe el alma. No habrá partido de despedida, o quizá sí, pero nada reparará el hueco que deja su ausencia en la Albiceleste. Porque él no fue solo un jugador; fue un lienzo donde se pintaron las esperanzas de un país, un espejo donde se reflejaron las alegrías y las penas de generaciones. Su adiós no es un punto final, sino un suspiro que se alarga en la memoria, como el eco de un gol que nunca se olvida.

Y mientras el mundo del fútbol llora su partida, en algún rincón de Rosario, el niño que soñaba con ser Maradona ya no corre tras una pelota de trapo. Ahora solo queda la imagen de aquel hombre que, de pie en Nueva Jersey, lloraba mientras los rivales celebraban. Sus lágrimas eran el principio del final. Y hoy, con la carta en la mano, el final se vuelve eterno. Solo nos queda decir, gracias por existir, Lionel Andrés Messi Cuccitinni.

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