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A un solo paso de la profecía

Como en 2010, España vuelve a una final del mundo después de derribar al favorito, justo en el día más señalado para los galos

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Hay días en que el destino elige su propio calendario. El 14 de julio, fiesta nacional de Francia, amaneció en Dallas con el sol alto y el AT&T Stadium repleto de 70 176 almas que sabían que estaban a punto de presenciar algo más que un partido de fútbol. España y Francia, dos vecinos que han convertido el fútbol en una cuestión de estado, se enfrentaban por un billete a la final del Mundial. Y lo hacían en una fecha que olía a Revolución francesa, a Toma de la Bastilla, a gloria gala. Pero el fútbol, caprichoso y despiadado, tiene sus propias profecías. Y en Texas, la historia decidió escribir un capítulo que ya había sido ensayado.

La primera escena se repitió como en un sueño. Un penalti, un jugador de la Real Sociedad y un silencio que precedió al estruendo. Lamine Yamal se anticipó a Lucas Digne en el área, y el lateral francés, en un gesto de torpeza que pasará a la historia, derribó al extremo del Barcelona. Mikel Oyarzabal, como el elegido para estos rituales, tomó el balón con la misma naturalidad con la que otros respiran. Y, con la sangre fría de un asesino a sueldo, batió a Maignan. Era el minuto 21, y España ya escribía su primera línea en el libro de la profecía.

La segunda, la que selló el destino, llegó en el minuto 57. Dani Olmo, que había sido el director de orquesta de una sinfonía de pases, filtró un balón al espacio. Y Pedro Porro, el lateral del Tottenham que se ha convertido en una de las revelaciones del torneo, apareció como un fantasma para fusilar a Maignan con un disparo cruzado. Era el 2-0, la sentencia, la confirmación de que España, que empezó el torneo empatando con Cabo Verde, había aprendido a competir como los grandes campeones.

Francia, mientras tanto, fue un espejismo. Kylian Mbappé, que había llegado a Dallas con la misión de guiar a su país a su tercera final consecutiva, se marchó solo, desencajado, con la mirada perdida en el vacío. No fue digno de una semifinal, confesó después. Y la estadística, fría e implacable, lo confirmó: sin un solo tiro a puerta en los primeros 45 minutos, los galos habían sido borrados del mapa por una España que jugó al ajedrez mientras Francia intentaba boxear.

Y es que el fútbol, a veces, es un arte de repeticiones. Porque esta no era la primera vez que España doblegaba a Francia en una gran cita. En la Eurocopa 2024 justo en la etapa de semifinales, en la Liga de Naciones 2025 en un choque de locos y en los Juegos Olímpicos de París 2024 justo en el Parque de los Príncipes, la Roja ya había firmado su particular paternidad sobre los galos. Y ahora, en el escenario más grande del mundo, en el día más simbólico para Francia, la historia se repitió con la misma precisión de un reloj suizo. Los recuerdos del 2010, esos que vieron a Iker Casillas levantar la Copa en Johannesburgo, revolotearon sobre el césped del AT&T Stadium. Y en la grada, los héroes de aquella gesta, Casillas, Puyol, Ramos y Xavi, asistieron a la penúltima firma de la profecía.

Pero esta vez, los apellidos eran otros. Oyarzabal, Porro, Lamine, Rodri. El primero, con sus cinco goles en el torneo, se ha convertido en el faro goleador de una generación que no teme a los fantasmas. El segundo, con su gol y su solidez defensiva, ha demostrado que el lateral derecho español tiene dueño. Y Rodri, el Balón de Oro que se pasea por el mediocampo como un titán, fue el líder de una orquesta que tocó la misma melodía que hace dieciséis años.

El pitido final fue un funeral para Francia y una fiesta nacional para España. Los galos, que habían llegado como la gran favorita, se despidieron en semifinales, incapaces de superar el muro de posesión y paciencia que la Roja levantó en Dallas. La tropa gala, con la frustración diciendo presente, abandonó el césped mientras los suplentes españoles celebraban como si hubieran jugado todo el Mundial.

Ahora, España espera. El próximo domingo, en Nueva York, la Roja buscará su segunda estrella en la final del Mundial, una cita que no pisaba desde aquel 2010 de la gloria. El rival será Argentina o Inglaterra, dos selecciones que también sueñan con la inmortalidad. En lo que llega la tarde dominical España, la selección que juega con las neuronas más que con los músculos, está a un solo paso de la profecía. Y estas, como los buenos vinos, siempre merecen la espera.

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