Enzo Fernández marcó el gol que le dio la clasificación a Argentina a los cuartos de final de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Autor: Cadena 3 Argentina Publicado: 08/07/2026 | 07:48 pm
¿Cuántas veces puede un mismo equipo jugar con la vida de sus aficionados sin que estos acaben en el diván de un psicoanalista? En Buenos Aires hay 222 psicólogos por cada 100 000 habitantes, según un viejo estudio de la OMS; en Estados Unidos apenas 30 sobre la misma porción. Y este martes, en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, los 67 000 espectadores que llenaron el coloso georgiano entendieron por qué. Porque Argentina, la campeona defensora, volvió a pedir una licencia para sufrir. Y el mundial, una vez más, se la concedió.
El guion comenzó con un titular que nadie quería leer. Apenas transcurría el minuto 15 cuando Marwan Attia levantó un centro desde la derecha, Yasser Ibrahim se elevó en el área como un pívot de baloncesto y cabeceó a la red. Era el 0-1. Y era la primera grieta en el muro de la invencibilidad albiceleste. Los Faraones, con la fe de quien ha aprendido a creer en imposibles, plantaron bandera.
Argentina, aturdida, respondió con un penal. En el minuto 19, Haissem Hassan derribó a Nicolás Tagliafico dentro del área. Messi, el capitán, el hombre que carga sobre sus hombros el peso de una nación, tomó el balón. 70 000 almas contuvieron la respiración. Y entonces, el golpe: Mostafa Shoubir, el portero egipcio, adivinó la trayectoria y desvió el penalti. No era la primera vez que la pulga fallaba desde los once pasos en un Mundial. Era la cuarta. Y el récord, en ese momento, pesaba como una losa.
El resto del primer tiempo fue un funeral en cámara lenta. Messi lo intentó desde la frontal, pero su falta se estrelló en el poste. Julián Álvarez, en el minuto 39, remató a bocajarro y Shoubir volvió a aparecer como un muro de contención. Egipto, mientras tanto, acechaba al contraataque con la paciencia de un depredador. Argentina necesitaba un milagro, y el milagro, a veces, tarda en llegar.
La segunda parte fue una pesadilla. En el minuto 67, Mostafa Zico recibió un pase en el área, se acomodó el balón y fusiló a Emiliano Martínez. Era el 0-2. Era el golpe que pudo haber sido el definitivo. Las pantallas mostraron a los hinchas argentinos con las manos en la cabeza. Las gradas, teñidas de blanco y celeste, empezaron a cantar el himno con la desesperación de quien sabe que el tiempo se agota. Los réquiems para la carrera mundialista de Messi ya se estaban escribiendo.
Pero Argentina no pidió permiso para sufrir. Lo pidió para remontar.
Scaloni, el técnico que ha convertido la fe en un método de trabajo, movió sus piezas. Lautaro Martínez saltó al césped con la electricidad de quien sabe que su hora ha llegado. Y en el minuto 79, el vendaval albiceleste encontró su primer rayo: Messi centró al área, Cristian Romero se elevó como un coloso y cabeceó con violencia junto al palo. Era el 1-2. Era la primera rendija en el muro egipcio.
Cuatro minutos después, el milagro se completó. Un centro al área, un balón suelto en el corazón de la pequeña área, y Messi, con su bendita zurda, empujó el balón a la red. Era el 2-2. Era el empate que nadie esperaba. Era el momento en que el estadio explotó en un rugido que debió oírse hasta la casa rosada. Messi, que había fallado un penal y errado una falta, se había redimido. Su 21º gol en Mundiales, su octavo en el torneo, lo devolvían a la cima de la Bota de Oro.
Pero la historia aún guardaba un as en la manga. Cuando el partido agonizaba y los fantasmas de la prórroga asomaban la cabeza, llegó el broche de oro. En el minuto 91, Lautaro Martínez levantó un centro desde la izquierda, y Enzo Fernández, el centrocampista que había estado apagado durante 90 minutos, apareció como un fantasma en el área para cabecear a la red. Era el 3-2. Era la remontada.
El pitido final fue un desahogo atávico. Los jugadores argentinos, con lágrimas en los ojos, se abrazaron en el centro del campo. Scaloni, el técnico que había visto cómo su equipo estuvo a punto de caer, declaró: «Hicimos sufrir a nuestros hinchas, aunque no hicimos un mal partido. Lo que mostramos hoy va más allá de simplemente pasar. Hubiéramos sido eliminados si no hubiéramos luchado».
Egipto, que había estado a punto de firmar la mayor hazaña de su historia, se despidió con la cabeza alta. Mostafa Shoubir, el portero que había detenido un penal a Messi, abandonó el campo con la sensación de que el fútbol, a veces, es injusto. Pero en el fútbol, como en la vida, no siempre gana el que mejor juega. A veces gana el que más cree.
Argentina, en cambio, sigue soñando. En cuartos de final, el próximo sábado en Kansas City, le espera Suiza. Pero en Atlanta, solo importa una lección: que el fútbol también es un deporte de segunda oportunidades. Y Argentina, la campeona defensora, ha demostrado que, incluso en el abismo, siempre tiene una licencia para seguir soñando. Y para seguir sufriendo.
