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El chocolate supo mejor que el café

En una Vancouver que olía a niebla y a historia, el chocolate helvético endulzó el paladar más que el café colombiano

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Hay aromas que se quedan pegados a la memoria. El del café colombiano, intenso y cálido, prometía despertar los sentidos de una nación entera en el BC Place de Vancouver. 52 497 almas, la mayoría teñidas de amarillo, se apretujaron en el coloso canadiense con la certeza de que la historia, por fin, estaba de su lado. Colombia, la única selección que había jugado en los tres países anfitriones de este Mundial, llegaba invicta, con el aroma de la épica impregnando sus botas. Enfrente, Suiza, el país del chocolate y los relojes, ese equipo que parecía haber nacido para la resistencia más que para la gloria. Y durante 120 minutos, el fútbol se convirtió en un duelo de olores: el café quería quemar, el chocolate quería fundirse. Y, al final, el chocolate supo mejor.

El primer tiempo fue un ejercicio de tacto y medición. Colombia, con la posesión como bandera y la presión alta como dogma, intentó imponer su samba. Pero enfrente estaba la maquinaria suiza, un engranaje perfecto donde cada pieza sabía su función. La primera gran ocasión llegó en el minuto 21, cuando Gustavo Puerta, el volante que había sido una de las revelaciones del torneo, recibió un pase de Luis Díaz en el borde del área, se acomodó el balón y soltó un disparo con colocación. Gregor Kobel, el portero del Dortmund, se estiró como un felino y desvió el balón al córner con una volada magistral. Suiza respondió nueve minutos después: Fabian Rieder, desde dentro del área, conectó un remate cruzado que Camilo Vargas, el guardameta colombiano, detuvo con una intervención que mereció una ovación. Fue el aviso, el presagio de que la noche sería un duelo de porteros.

El segundo tiempo fue un monólogo de impotencia colombiana. James Rodríguez, el mago que había sido el mejor jugador de Brasil 2014, intentó hilos imposibles, pero su físico, castigado por minutos de desgaste, le pidió la hora en el minuto 66. Su retirada, ovacionada por las gradas, fue el símbolo de una generación que se apaga. Luis Javier Suárez tuvo dos ocasiones claras, pero la puntería, esa amante esquiva, le negó el abrazo. Suiza, mientras tanto, se replegó como un erizo, esperó y administró el desgaste con la paciencia de un relojero que sabe que el tiempo está de su lado.

La prórroga fue un suspiro de agonía. Colombia, que ya olía a café quemado, estuvo a punto de sentenciar el duelo en el minuto 98. Un centro medido, un cabezazo de Jhon Lucumí que se elevó por encima de la defensa suiza y se estrelló en el travesaño. El balón, caprichoso, se negó a besar la red. Fue el momento en que el destino, ese árbitro invisible, decidió que la historia se escribiría con tinta de penaltis.

Y entonces, el drama alcanzó su cénit. La tanda de penales fue un viaje al infierno. Suiza, fría como el acero de sus navajas, anotó primero con Granit Xhaka y Zeki Amdouni. Colombia respondió con Juan Fernando Quintero. Manuel Akanji falló para los suizos, y Davinson Sánchez, el central del Tottenham, también erró para los cafeteros. Cedric Itten puso ventja para Suiza, Jaminton Campaz marcó para Colombia. Y entonces, llegó el momento decisivo. Cucho Hernández, el delantero que había entrado para escribir su nombre en la historia, se plantó frente a Kobel. Corrió, disparó, y el portero suizo, con una mano providencial, desvió el balón. Era la sentencia. Luis Díaz anotó el último para Colombia, pero ya era tarde. Rubén Vargas, con la sangre fría de un asesino a sueldo, ejecutó el penal definitivo y selló el 4-3. El sueño cafetero se había desvanecido entre los dedos de Kobel.

El pitido final fue un funeral para unos y una liberación para otros. Colombia se despidió invicta, con la cabeza alta y el corazón roto, consciente de que había tenido una oportunidad histórica que se le escapó entre los dedos. Suiza, en cambio, celebró como si hubiera ganado el título. Después de 72 años de espera, los helvéticos volvían a unos cuartos de final de un Mundial. El próximo sábado, en Kansas City, les espera Argentina, la única superviviente sudamericana.

En las calles de Vancouver, el aroma del chocolate se impuso al del café. Suiza, el país de los relojes y la precisión, había demostrado que, en el fútbol, la paciencia es una virtud. Colombia, el país de la alegría y el ritmo, se marchaba con la sensación de que el fútbol, a veces, es cruel. Pero también con la certeza de que su café, aunque amargo esta noche, volverá a calentar los corazones de una nación que nunca deja de soñar.

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