La estrecha relación entre Donald Trump y Gianni Infantino ha puesto el signo de alerta en millones de aficionados al más universal. Autor: Tomada de As Publicado: 11/06/2026 | 12:12 pm
El balón rodará este 2026 sobre tres países, pero la pelota más pesada ya no es de cuero, sino de poder. La cara oculta del Mundial de fútbol revela un evento que, lejos de ser una fiesta inocente, se ha convertido en un espejo donde los Gobiernos proyectan sus obsesiones. Para Donald Trump, el torneo representa una oportunidad dorada para pulir su imagen como un líder que devuelve a Estados Unidos su «grandeza perdida».
Como un mago que saca un conejo del sombrero, el magnate intentará que las multitudes olviden la guerra en Irán, la inflación y las tensiones migratorias mientras el país celebra, además, el aniversario 250 de su independencia. El Mundial actúa así como una enorme cortina de humo patriótica: dos siglos y medio después, Estados Unidos no solo es centro económico y militar, sino también deportivo. Para Trump, es el triunfo del Make American Great Again llevado al estadio, una narrativa que quiere grabar a fuego en su legado, justo a meses de unas elecciones de medio término que podrían reconfigurar el tablero político.
Sin embargo, ningún Mundial reciente ha estado tan condicionado por las tormentas geopolíticas como este. Las amenazas de Trump contra México y Canadá, sus socios organizadores, han convertido la sede conjunta en un triángulo de tensiones. El fantasma del ICE recorre las fronteras: fanáticos de varios países enfrentan restricciones de viaje que convierten el sueño de ver un partido en una odisea burocrática.
Más grave aún es el caso de Irán, cuyo equipo ha sido condenado al exilio nómada: no podrán residir en suelo estadounidense más allá de los 90 minutos que dure su partido, obligados a regresar de vuelta a su base en México como si fueran un puñado de refugiados del balón. Y en un gesto que huele a apartheid deportivo, al mejor árbitro de África se le negó la visa sin explicación, como si el silbato africano no mereciera sonar en la autoproclamada «tierra de las oportunidades».
Las manos que mecen la cuna de este Mundial tienen dos nombres: Gianni Infantino y Donald Trump. Su estrecha relación quedó en evidencia en el sorteo de finales de 2025, cuando el Presidente estadounidense recibió la medalla de la paz de manos del líder de la FIFA. La ironía es tan gruesa que podría cortarse con un banderín de córner: mientras Trump amenaza con bombardeos y muros, Infantino le obsequió un galardón pacifista como si el fútbol pudiera blanquear cualquier guerra. Esa alianza ha convertido al torneo en el más político de la historia, donde las decisiones sobre sedes, horarios y visados se toman no en las mesas de la FIFA, sino en el despacho oval.
Pero la otra cara también tiene un precio, y es astronómico. Estamos ante el Mundial más caro jamás organizado: las entradas parecen escritas en oro líquido, los alojamientos exigen una fortuna y los paquetes de transmisión dejan fuera a millones de aficionados del Sur Global. El fútbol, que nació como un juego de barrio, se ha convertido en un club privado al que solo acceden quienes pueden pagar una membresía de lujo. Mientras tanto, Trump sonríe ante las cámaras prometiendo un «espectáculo inolvidable», pero los reflectores no alcanzan a iluminar las tensiones en Medio Oriente, los desalojos en Texas ni la indignación de los fanáticos vetados.
Así, el Mundial 2026 promete goles, pero también grietas. Será una fiesta de espaldas a media humanidad, un escaparate del nacionalismo más crudo y un laboratorio de cómo el deporte se pliega al poder. Cuando el balón empiece a rodar, no olvidemos mirar también lo que ocurre fuera del campo: allí, entre bastidores, se juega el partido más sucio de todos.
