La delegación antillana mantuvo durante la travesía en el Cerro Pelado su carácter típico y alegre frente a las constantes provocaciones. Autor: Archivo de JR Publicado: 09/06/2026 | 10:39 pm
No imaginaban los 315 atletas cubanos clasificados a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan, en 1966, que aquella gesta deportiva comenzaría con una epopeya mayor: derribar los muros políticos del norte que se empecinaban en negarles la legítima participación de los nuestros en tierras puertorriqueñas.
A veces, cuando se recuerdan esos sucesos que afrontó la delegación antillana, soslayamos un dato importante: la frontalidad en todos los ámbitos que inició mucho antes de la histórica travesía marítima hasta la capital boricua.
Incluso, previo a zarpar nuestros atletas, Cuba debió solicitar y recoger su visado en México, una nación que ya —desde entonces— mostraría su solidaridad invariable con este pueblo. «No asistiremos a los Juegos si Cuba tiene impedimento para participar en San Juan», afirmaba por aquellos días el Comité Olímpico de ese hermano país.
Mientras, en el oriente cubano, un buque mercante que arribó a La Habana el 15 de mayo de 1966, el Cerro Pelado, comenzaban a hacérsele una serie de adaptaciones, pasando de ser un barco de carga, para convertirse —momentáneamente— en una embarcación de distinguidos pasajeros.
El lunes 30 de mayo iniciaron las labores de acondicionamiento de la embarcación. Se convirtieron tres bodegas en dormitorios, una de ellas con un salón de entrenamiento para judo, lucha y otros deportes. Allí dormirían, además, los atletas masculinos y la tripulación del buque, ya que la misma había cedido sus camarotes a las muchachas que conformaban la delegación.
Días después la histórica embarcación salía apenas a su segundo viaje. La ruta fue Santiago-San Juan, o aguas próximas; y, en ese itinerario llevaría una importante carga repleta de aspiraciones e ilusiones: la delegación cubana a los 10mos. Juegos Centroamericanos y del Caribe.
A bordo
Nadie como el emblemático periodista y narrador Eddy Martin describió en las páginas de Juventud Rebelde la azarosa, pero intensa travesía. «A bordo del Cerro Pelado rumbo a los 10mos. Juegos, salimos de Santiago de Cuba a las 10:45 de la noche. Durante toda la madrugada hicimos travesía por el sur de Oriente para salir por el Paso de los Vientos. Al amanecer avistamos las costas de Isla Tortuga».
La hostilidad estadounidense, sin embargo, volvía a incrementarse esa mañana. «A las 07 horas y 51 minutos un avión de patrulla de la Marina de Estados Unidos, tipo PVY Neptuno, hizo seis pases rasantes sobre el Cerro Pelado. El avión procedía de la Base Naval de Guantánamo.
«Los atletas de nuestra delegación, que durante el día se dedicaron a las tareas de entrenamiento en cubierta, continuaron haciendo caso omiso a las provocaciones. Momentos después el avión se retiró. Pero en la tarde, a las 11 horas, otro avión norteamericano hizo tres pases sobre la embarcación.
«Nuestros atletas han entrenado hoy en cubierta: los pesistas, judocas, ciclistas, etc. Los lanzadores estuvieron también calentando. Durante la travesía estamos gozando de buen tiempo y no han sido frecuentes los mareos y malestares propios de un viaje de este tipo».
Faltando unas horas para arribar a Puerto Rico. Cuba seguía reclamando sus legítimos derechos a asistir a los Juegos Centroamericanos por ser un país de esta área geográfica y por cumplir a cabalidad todas las estipulaciones del olimpismo.
«La delegación mantiene su carácter típico y alegre; ni las provocaciones de aviones enemigos pasando sobre nuestras cabezas ni nada puede amedrentar la combatividad de los atletas cubanos, que muestran orgullosos la enseña nacional a través de las aguas del Atlántico», apuntaba Eddy Martin.
Legítimo reclamo
Frente a las costas puertorriqueñas, y violando todas las normas posibles, el Gobierno de Estados Unidos negaba con sus absurdos la entrada a puerto boricua del Cerro Pelado. Los atletas y la delegación cubana solo exigían un derecho: el de participar y competir en igualdad con las demás naciones.
En esos instantes de tensión y reclamo, el jefe de la delegación antillana, José Llanusa, envió un mensaje radiotelegráfico a nuestro diario en el que dejaba clara la postura de Cuba:
«Estamos llegando al objetivo, entre tres o cinco millas de San Juan, donde fondearemos. Y allí exigiremos reconozcan nuestros derechos, de acuerdo con la igualdad de los participantes, sin injerencias de ninguna clase, o se retira el auspicio de los Juegos a Puerto Rico.
«Recibimos mensaje dejado caer por el avión yanqui que comenzó a volar sobre nosotros al amanecer. Dice textualmente el papalote de los yanquis: “Barco Cerro su entrada en aguas territoriales de los Estados Unidos o dentro de San Juan o cualquier puerto de Puerto Rico, es prohibido. Repito, prohibido. Se le hace saber que la entrada resultará en la confiscación del barco. Las aguas territoriales se extienden a tres millas náuticas de la costa. Firma: Guardacostas de los EE. UU. de América”.
«Ahora está volando sobre nosotros y hablando por bocinas. Seguimos navegando, la moral revolucionaria de la Delegación a la altura del Cerro Pelado. Firma: José Llanusa».
Fue gracias al valor de aquellos atletas que Cuba pudo ondear la bandera de la estrella solitaria en la justa centrocaribeña; no sin antes desembarcar desde yates boricuas en puertos de San Juan.
«La operación duró unas cuatro horas debido a que se debió realizar en un yate particular contratado especialmente para transportar a los atletas cubanos, que se negaron a ser llevados a tierra en embarcaciones del servicio costero norteamericano.
«Los deportistas cubanos fueron llevados desde la moto nave Cerro Pelado —que se encontraba a cinco millas del puerto—, a un desembarcadero de la “autoridad de puertos” de Puerto Rico, en Isla Grande. De allí fueron trasladados a la Villa Olímpica, en Río Grande, para luego dirigirse al estadio Hiram Bithorn, donde se llevó a cabo, a las tres de la tarde, la ceremonia de inauguración de los 10mos. Juegos Centroamericanos y del Caribe».
Aquel solo suceso de ejercer el derecho a entrar y participar en la justa multideportiva, significó una gran victoria del deporte y el olimpismo internacional. Fue también la antesala de otras tantas batallas de esta Isla —en todos los ámbitos— frente a la injusticia que alimenta el imperialismo.
Lo demás en aquellos Juegos fue pura hazaña. Los atletas cubanos alcanzaron 77 medallas: 34 de oro, 20 de plata y 23 de bronce, para ocupar el segundo lugar en el medallero, detrás de México.
No fue casual que, al recibirlos —primero en puerto santiaguero y luego en la capital— el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz les asegurara que los imperialistas maniobrando desde que se anunciaron estos juegos «empezaron a fraguar todo tipo de trucos para menoscabar el éxito de la delegación cubana.
«Nosotros tenemos el derecho de exhibir cómo fueron capaces de reaccionar nuestros atletas, con qué dignidad, con qué valor, defendiendo el deporte, defendiendo el derecho y defendiendo algo que hay que defender, que es la bandera de la Patria.
«El deporte no es en nuestra Patria un instrumento de la política, pero el deporte sí es en nuestra Patria una consecuencia de la Revolución. Posiblemente a ninguna delegación de nuestra Patria tengamos que agradecerle tanto como a esta, por la batalla que libraron, por los triunfos que obtuvieron en los momentos más difíciles, por la dignidad que ostentaron en todo momento.
«Seguiremos desarrollando el deporte y algún día no solo tendremos campeones Centroamericanos, tendremos campeones Panamericanos…», apuntó.
Y como casi siempre ocurría, el Comandante en Jefe no se equivocó. Tantos títulos nos honran hoy a todos los niveles internacionales —para orgullo de este pueblo—, que, desde el Cerro Pelado, la historia del deporte cubano no ha hecho más que agigantarse.
