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Cuando le cortaron las piernas al barrilete cósmico

En el verano 1994, el sueño de una generación se desmoronó en un frasco de efedrina. Esta es la historia de cómo le cortaron las piernas a un mágico pelusa, y, de paso, comentaron la ilusión de todo un país

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Llegó a Estados Unidos como quien regresa de la muerte. Había pasado tres años fuera de los mundiales, purgando culpas de polvo blanco y noches sin estrellas, pero en el Foxboro Stadium de Boston, el 21 de junio de 1994, volvió a ser el dueño del universo. Frente a Grecia, Argentina desplegó un fútbol de porcelana: Batistuta anotó dos, y en el minuto 60, después de una pared con Redondo y Caniggia que fue un poema de siete sílabas, Maradona conectó un zurdazo al ángulo que dejó al estadio entero en pie. Su celebración fue un grito que parecía desafiar a la gravedad, un rugido de quien todavía creía que las alas no se le habían roto del todo.

Apenas cinco días después, ante Nigeria, volvió a ser el faro. Corrió, dribló, distribuyó, y cuando el árbitro pitó el final, Argentina había ganado 2-1 y olía a campeón. Pero la FIFA lo esperaba en la sala del antidoping. Lo acompañó su compañero Sergio Vázquez, quien años después recordaría la escena: Diego entró sonriendo, haciéndose el gracioso, convencido de que no tenía nada que esconder. «Si vos estás sucio, no vas a querer orinar», reflexionó Vázquez. Pero el laboratorio de UCLA encontró cinco derivados de efedrina en su orina, un cóctel de sustancias que la FIFA bautizó como «un cóctel de drogas». El 30 de junio, Maradona fue expulsado del Mundial. Su carrera internacional se apagó allí, en una sala anónima de Dallas, mientras el mundo veía cómo el barrilete cósmico se estrellaba contra el suelo.  

El equipo argentino, que había volado con la alegría de un niño en la plaza, se quedó sin brújula. Sin su capitán, la Albiceleste cayó 2-0 ante Bulgaria en el último partido del grupo y se topó en octavos de final con una Rumanía que bailó sobre su desconcierto. Aquella selección que tenía a Batistuta, Caniggia, Redondo y Simeone, un plantel de ensueño que merecía mucho más, se desintegró como un castillo de naipes al que le roban la carta maestra. «Esa Argentina demostraba que estaba para grandes cosas», dijo Vázquez con la tristeza de quien asiste a un naufragio anunciado.

Y mientras el fútbol lloraba la muerte anticipada de un genio, Maradona se fue condenado a ser un ángel caído, ese que nunca encontró quien lo sostuviera cuando más lo necesitaba. «FIFA me quitó la felicidad sin escucharme», dijo aquella noche desde su habitación de hotel, con los ojos empañados y la voz rota. 

La FIFA lo suspendió 15 meses, la segunda sanción de su carrera, y el último Mundial de Maradona quedó grabado no en la gloria de sus goles, sino en la vergüenza de un frasco de efedrina. El barrilete cósmico, que había tocado el cielo con las manos en el Azteca, ahora caía como una piedra que ya nadie podía remontar. Y Argentina, que había creído en la resurrección, aprendió que algunos ídolos están hechos de cristal: bellos, pero frágiles; eternos, pero solo hasta que los tocan.

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