Portada de El cine salvó mi vida. Autor: Juventud Rebelde Publicado: 01/09/2026 | 07:38 am
«Felices los normales, esos seres extraños… pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños», se puede leer en la contraportada de El cine salvó mi vida, corpulento libro escrito por el periodista, crítico e investigador Dayron Miranda, alguien tan decidido a crear mundos y sueños que tampoco le importan demasiado las opiniones de «los delicados, los sensatos, los finos, los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles»… para continuar con las palabras del poeta y hablando de las intenciones que animaron al autor.
Insisto en citar los célebres versos de Roberto Fernández Retamar porque el autor coloca el poema íntegro en la contraportada de un libro cuyos principales valores vienen a ser, en sintonía con el poema, el reconocimiento frontal de las oscuridades, extrañezas y desventuras de un alma, lloviznas y aguaceros de una existencia rememorada con una sinceridad que, como decía Pedro Almodóvar, puede ser escandalosa.
Sin embargo, el riguroso desparpajo (si se permite la paradoja) de Dayron Miranda puede perturbar solo a los lectores acostumbrados al comedimiento, la compostura bien calculada y la complacencia. Y todas estas poses se quedaron fuera de las páginas que comentamos porque al autor le importan sobre todo la honestidad y la autenticidad, y ellas se esparcen ricamente a lo largo de un texto que adopta a veces tonos confesionales (a lo Reinaldo Arenas), se acerca a la narración estilo guion, todo henchido de referencias cinéfilas (a lo Guillermo Cabrera Infante).
Tal vez sea este el punto de este comentario donde debe aclararse que, a pesar de los miles de «parecidos» que podemos encontrar en este libro de posmoderna estructura y concepción, Dayron Miranda nunca imita a nadie, más bien asimila, digiere, incorpora, y así encuentra una escritura de sello propio en esta época de plagios y usurpaciones. Logra el milagro jugando la carta de la sinceridad y mediante la estrategia de enriquecer lo contingente con referencias no solo a decenas de películas, sino también a los signos zodiacales, a la imaginería de los orishas, a fragmentos de guiones y poemas.
Así, el autor teje y desteje, ante nuestra mirada de lector curioso, y de cinéfilo voyeurista, los coloridos hilos de un tapiz verbal ameno y poliédrico, collage repleto de realidad e imaginación, enriquecido por una copiosa galería de carteles, fotogramas, pinturas, e instantáneas personales. Con estos hilos, y otros que no menciono para que el lector los descubra, se borda un anchuroso tapiz, se pinta un amplio mural, que establecen frondosos correlatos con la narración frecuentemente autobiográfica que le confiere al libro una coherencia totalizadora en medio de tantos fragmentos, hilos y, colores hilvanados en este libro.
Tampoco sería razonable asegurar que este es uno de esos textos concebidos para que el autor se mire con interminable arrobo en el espejo contemplando los vericuetos de su ombligo. Entre estas páginas discurre no solo la biografía de un periodista treintañero vorazmente cinéfilo, sino también desfilan ante nuestros ojos las dos o tres últimas décadas de la vida en Cuba, y algunos hitos del cine cubano y extranjero. Para dar una idea del volumen de las citas y referencias, baste decir que entre las películas cubanas más mencionadas se encuentran La bella del Alhambra, El cuerno de la abundancia, Los dioses rotos, Fátima o el parque de la Fraternidad, Fresa y chocolate y José Martí, el ojo del canario… en fin, un catálogo de lo mejor que se ha hecho en Cuba en términos de cine en los últimos treinta años, según Dayron.
Para organizar una información tan difusa y variopinta, el libro se divide en cuatro partes absolutamente asimétricas: Aire (nacimiento y niñez), Agua (primaria, secundaria, preuniversitario, servicio militar, universidad), Tierra, que es la zona más extensa y la caracterizo más adelante, y el epilogal Fuego, donde el autor llega hasta el día de hoy, a su trabajo como especialista en la Cinemateca de Cuba, y llega al momento en que intenta copiar la versión restaurada de Memorias del subdesarrollo (17 gigas) y es imposible porque apenas alcanza el espacio en su disco duro.
Pero mucho antes de llegar al momento del Fuego final, y de la estudiada cinefilia a la cual consagra su vida, la narración verifica un súbito cambio de registro, en el segmento llamado Tierra, para incluir una serie de textos preexistentes, que formaron parte de un libro titulado Un arcoiris en el celuloide cubano, antología de ensayos y entrevistas sobre la representación del personaje homosexual masculino protagónico en largometrajes cubanos de ficción, producidos por el Icaic entre 1993 y 2015.
En el segmento mencionado razonan, larga y profundamente, Francisco López Sacha, Víctor Fowler Calzada, Ambrosio Fornet, Senel Paz, Alberto Garrandés, Miguel Barnet, Juan Antonio García, Berta Carricarte y muchos otros intelectuales cubanos, reunidos todos en estas páginas para opinar sobre la representación cinematográfica del personaje homosexual masculino a propósito de ese parteaguas que resultó ser Fresa y chocolate, y los posteriores años 2000.
Con casi 300 páginas, el libro de ensayos y entrevistas es continuación natural de todo lo que ya leímos entre las páginas 13 y 110, no solo porque los dos momentos son el resultado del escrutinio en la sensibilidad, los sueños y deseos del joven autor, sino porque ambos hablan de cine, y de Cuba, con un entusiasmo incontenible, envolvente, apasionado por los detalles y las caracterizaciones persuasivas. En todo caso, a los lectores les queda la posibilidad, a la manera de Rayuela, de empezar por el segundo libro, por Tierra, y luego tratar de entender quién es el autor mediante la lectura del primer texto, integrado por Aire y Agua.
Los dos libros que conforman la totalidad y se complementan, pasan revista con destreza al testimonio, la crítica, la poesía, el reportaje, el periodismo de investigación e interpretativo, el guion cinematográfico y finalmente el ensayo y la entrevista de opinión, de modo que la multidisciplina y la intertextualidad vienen a ser las piedras angulares de estilo o género, que definen esta conversación vigorosa y prolija de Dayron y sus lectores. Porque este monólogo sencillo y natural le confiere al lector la inequívoca autorización para entender por supuesto al autor, pero también consigue que quien lee se comprenda un poco mejor a sí mismo, al cine de su país, a la Isla entera.
El cine salvó mi vida integra la colección 23 y 12 mayormente dedicada a la cinematografía insular, y es resultado del esfuerzo conjunto de la editorial española Hurón Azul y la Cinemateca de Cuba. El libro se puede comprarse solo en las páginas www.iberoamericana-vervuert.es y www.huronazul.es. Y si alguien se pregunta qué hacemos en JR comentando un libro que solo se puede adquirir mediante el desembolso en páginas extranjeras, la respuesta es obvia, pero respondo la interrogación: porque es genuinamente cubanísimo, culturalmente relevante, original sin poses, y además de apariencia hermosísima, en un papel excelente y repleto de colores e ilustraciones. Sí, a mí como a Dayron también me gustan los libros con figuritas.
