Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La Casa de las palabras

Con este título, la editorial española Ingentis ha presentado una antología de cuentos de autores iberoamericanos. Entre muchos relatos pertenecientes a escritores de España, Argentina, México, Paraguay y Cuba, aparece un texto de nuestro estimado redactor (ya saben, el Único) Jorge Alberto Piñero (JAPE)

Autor:

Juventud Rebelde

Incesto

De no ser por tío Felipe, Rosa y yo seríamos los seres más felices de la Tierra. Usted no se lo puede imaginar porque no conoce bien la historia. Ni siquiera el comienzo, aquella tarde en que Rosa —entonces Rosita—, me sorprendió en el establo en pleno acto de zoofilia con una joven ternera.

Yo tenía 16 años y Rosita ese mismo día cumplía 15. Jamás pensé que podrían descubrirme; todos estaban en la fiesta. Tampoco pensé que la sorprendida homenajeada me dijera aquellas palabras:

—¡Abusador, no le hagas eso a ella: házmelo a mí!

Por un momento no supe qué hacer. Miré a la asustada ternera y después a la temeraria chica. Era toda una mujer —la chica—. Rosita había crecido en un día. El vestido de cumpleaños se aferraba a cada curva de su torneado cuerpo y el escote dejaba asomar dos blancos y retadores senos que nada tenían de infantil. En ese instante dejé de dudar. Liberé al animal —la ternera— y me encaminé hacia Rosita. Ella no retrocedió ni un ápice.  Al contrario, con una sonrisa maliciosa dibujada en los labios comenzó a despojarse de su atuendo. Por mi parte ya tenía eso adelantado —quitarme la ropa—. Desnudo me abalancé sobre su cuerpo. Ambos caímos arriba de unos sacos de pienso, y allí, entre besos y gritos, la inicié en los caminos del pecado. Así llamaba el cura Ignacio a tan delicioso intercambio. Recuerdo que Rosa jadeaba incesantemente y yo solo atinaba a decir: ¡ay, prima; ay, prima; ay, prima! ¡qué rico!

Rosa es mi prima hermana. La hija de tío Felipe, el hermano menor de papá. Vivimos en una inmensa casona que pertenece a la familia. De niños desandábamos juntos aquella serranía donde está enclavada la finca: Pozo Bermejo, lugar en el que nacieron mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre.

Después de terminar aquella locura, nos miramos largo tiempo, descubriéndonos. Ella se levantó precipitada, se vistió de prisa y salió corriendo. Le dirá todo a tío Felipe, pensé, y me sentí perdido. Me puse las ropas con calma y encaminé mis pasos hacia la casa como quien va al patíbulo.

Todo parecía normal. Mi madre pasó cerca de mí con una copa en la mano y me interrogó como de costumbre. ¿Dónde estabas metido, muchacho? Traté de inventar alguna excusa, pero era demasiado tarde, ella continuó su camino sin esperar respuesta. De una habitación salió Rosa, llevaba otro vestido y la misma hermosura. La quinceañera comenzaba a mostrar su ajuar. Nada había pasado.

Los días sí pasaron, uno tras otro, como es natural. Ya contaba nueve desde aquella tarde y Rosa no me había mirado más, o al menos se comportaba invariable. Resumí que lo sucedido en el establo fue parte de un autorregalo por su arribo a la mayoría de edad y yo solo era el papel de la envoltura. Muy pronto cambié de opinión. La noche del noveno día, mientras dormía, sentí una agradable sensación y al despertar, la prima casi devoraba mi sexo que había despertado antes. La dejé culminar o culminé —no sé bien cómo describirlo— y la atraje hasta tener su rostro junto al mío. Le pregunté con tono grave para impresionarla: ¿Tú crees que yo soy un juego? Sus labios mordieron mis labios, su cuerpo me aprisionaba, sus senos herían mi pecho. Algo, un poco remolón, volvía a levantarse. No pregunté más.

Nunca me quedó claro aquello del juego. Lo cierto es que comenzó a repetirse con más frecuencia y cada vez me sentí más apto y entrenado para el tope. En cada encuentro nuestra fantasía volaba más lejos. Con el tiempo comprendimos que aquello ocurrido en el establo no fue más que una chapucería, una lid de novatos. Ahora salía mejor. Nos esforzábamos, trazamos metas e incluso nos asesorábamos con alguna bibliografía.

Nadie podía conocer el secreto, de lo contrario estallaría un escándalo sin precedentes. Por eso nuestros escenarios siempre iban acompañados de un toque ecológico: el río, una cueva, la cañada, la más tupida vegetación, incluyendo los árboles frondosos. Fue, precisamente, en lo alto de un frondoso árbol donde tuvimos nuestro primer contratiempo. Desde casi seis metros de altura caí al suelo cuando intentábamos hacer el amor como los simios —eso lo vimos en un libro de biología al que le agregamos algunas innovaciones. El accidente solo me causó una fractura en el brazo derecho, pero Rosa quedó encinta. Resultaba demasiado fácil convencer a la familia de que me había caído del árbol cuando recogía algunas frutas; lo difícil era demostrar que a mi prima le crecería el vientre por igual motivo.

Por suerte Rosa se mantuvo ecuánime y generó una magnífica idea —cosa rara cuando no se trataba de sexo. Aceptaría una invitación de su amiga a la ciudad y una vez allí daría solución al problema. Todo salía a pedir de boca según ella me contaba por teléfono. Era yo quien languidecía por su ausencia. Comencé por masturbarme para tratar de llenar el vacío, sin suficiencia alguna. Recordé el comienzo de nuestra relación y retorné a la zoofilia. No quedó cuadrúpedo doméstico al que no redimiera en mis aberrados excesos, pero nada... ninguno podía sustituir a mi prima. Rosa era una «animal» en eso.

Casi agonizaba cuando ella regresó de la capital. El legrado fue un éxito. Todo estaba aparentemente resuelto. Lo cierto es que ambos comenzamos a sentir una sensación de acoso. La familia sospechaba. Quizá era sugestión nuestra. No obstante, aquel sigilo hacía más placentera la contienda. Rosa trajo de la urbe un nuevo material de estudio que profundizó a partir de algunas películas pornográficas vistas en el video de Silvia. En una ocasión me habló de una relación lésbica que sostuvo con su amiga, lo cual no interioricé por no saber de qué se trataba.

Fornicar con mi prima llegó a parecerme tan sublime que en algún momento pensé escribir mis memorias. No lo hice porque de hecho se convertiría en un documento que nos condenaba. También sentí temor porque una vez Electra, la vecina, casi nos sorprende debajo de la cama y días después el viejo Edipo, que había quedado ciego en la forja, me dijo: «Lo que haces con tu prima no está bien; consúltalo con la almohada».

No todo era desalentador. Por ejemplo, mis primos Leonardo y Cecilia, los hijos de tío Leo, aunque nunca comentaron nada, siempre apoyaban nuestras coartadas, incluso, en ocasiones en que salíamos juntos nos dejaban solos intencionalmente. Mi vida y la de Rosa parecían marcadas para la eternidad hasta aquel día en que ocurrió lo de tío Felipe.

María Rosa, su esposa y madre de mi prima, encontró una nota que la hacía víctima del engaño. Era evidente que tío Felipe la traicionaba. El revuelo que se armó en la casa fue grande, cuan grandes y comprometedoras fueron las palabras que tía Rosa le gritó a su esposo:

—¡Cabrón, te crees muy listo! ¡Para que vayas sabiendo, Rosita no es hija tuya!

Al llegar la noche los ánimos se fueron apaciguando. Mis tíos se reconciliaron y ambos admitieron, de forma civilizada, el error que habían cometido. Todos estaban conformes. Lo importante era cuidar el prestigio de la familia. Aquel asunto no sería comidilla del vecindario, al menos eso pensaban ellos.

Quien no estaba muy conforme era yo. Si la hija de tía María no es hija de tío Felipe, el hermano de papá, entonces yo no soy primo hermano de ella. O sea, que Rosa y yo no somos nada...

Rosa y yo no comentamos al respecto, pero nuestras citas, desde aquel día, comenzaron a tornarse aburridas. Ya nadie tenía por qué perseguirnos y por ende el sexo no sabía a pecado. Cecilia y Leonardo nos miraban con lástima. El colmo fue que en una cena familiar alguien insinuó que hacíamos buena parejita.

 El tiempo se encargó de borrar la imaginación que antes matizaba nuestras citas y en el último encuentro solo hablamos y no hicimos el amor.

 Esta es la historia y por eso pienso que tío Felipe truncó nuestra felicidad. Hoy hace un año que supe la verdad sobre la falsa paternidad de mi prima, y más de seis meses que no tengo contacto sexual con Rosa. Al igual que antes del incidente en el establo, nos tratamos como si fuéramos primos. En lo que a mí respecta, al principio me fue duro, pero hace unos días sorprendí en la mirada de tía Amaranta Úrsula un destello de lujuria y eso me tiene animado. 

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