Así luce hoy el Parque Nacional La Demajagua. Autor: Osviel Castro Medel Publicado: 10/10/2026 | 10:45 am
MANZANILLO, Granma.— Algunos abren los ojos cuando llegan al lugar. Los toma por sorpresa la cercanía del mar y el embrujo de un árbol que conversa más allá de sus raíces.
Esa impresión al pisar terreno del antiguo ingenio azucarero Demajagua o La Demajagua —las dos formas se aceptan— tiene su motivo: muchas narraciones del sitio donde estalló el grito independentista, el 10 de octubre de 1868, carecen de matices.
Por eso nunca estará de más hablar de las singularidades que palpitan en parajes como este, desde el cual dejamos de ser un pedazo de tierra habitada para empezar a convertirnos en nación.
Banderas
Hoy flamean en La Demajagua, a unos 13 kilómetros de Manzanillo, dos enseñas: la cubana y la de Carlos Manuel de Céspedes.
El estandarte que el Iniciador concibió para la contienda posee una historia hermosa, digna de un libro. Él lo diseñó a semejanza del de Chile, pero lo bello es que, en su hechura, casi rudimentaria, participó Candelaria Acosta, «Cambula», la hija del mayoral del ingenio, quien con apenas 17 años se enamoraría del prócer y le daría después dos hijos. Ella, según cuentan los historiadores, llegó a desgarrar una parte de su vestido azul celeste con tal de donarlo a la enseña que ondearía el día sublime. La bandera tuvo su bautismo guerrero en el ataque a Yara, el 11 de octubre, fecha para la cual ya se le había asignado una escolta.
En abril de 1869, en la Asamblea de Guáimaro, se dispuso adoptar como estandarte de la República en Armas el traído por el anexionista Narciso López, tomado por parte de los alzados en Camagüey y Las Villas. Céspedes acató la determinación con cierta tristeza, pero siguió combatiendo por Cuba.
Alzamientos anteriores
Aunque a algunos les parezca extraño, hubo levantamientos antes del 10 de octubre. Pedro María de Céspedes, hermano del Padre de la Patria, se nombra como el líder del primer alzamiento, el 9 de octubre de 1868. Él reunió a unos 400 hombres en las proximidades de la hacienda Caridad de Macaca y al mediodía de esa fecha atacó con modestas armas la pequeña guarnición de Vicana; después se apoderó del poblado.
También se señalan otros levantamientos en esta región en vísperas del 10 de octubre: en Guá, Portillo y Jibacoa. Los jefes respectivos de estos movimientos fueron Manuel de Jesús Titá Calvar, Manuel Codina Polanco y el dominicano Luis Marcano Álvarez. Un quinto levantamiento se produjo en la zona desde El Caño hasta Guatívere, encabezado por Ángel Maestre y Juan Fernández Ruz. Algunos también mencionan como insurreccionado el día 9 en San José de Blanquizal a Bartolomé Masó Márquez.
Estas sublevaciones, a diferencia del de Macaca, no llevaron a acciones bélicas y sus objetivos fueron el reclutamiento de hombres y el acopio de armas de cualquier tipo. Vale aclarar, no obstante, que todos esos guías estaban a la sombra de las órdenes del Padre Grande, todos veían en él al líder natural más allá de nombramientos formales.
Un bombardeo
Siete días después del 10 de octubre de 1868, La Demajagua se convertía en una montaña de polvo y humo. Desde el mar cercano, la propiedad fue bombardeada salvajemente por el barco español Neptuno.
La acción puede considerarse la primera embestida de las tropas colonialistas contra el patrimonio de los nacientes libertadores. Vale reseñar que los atacantes bajaron a tierra e incendiaron todo.
No resulta difícil imaginar la dimensión de aquel fuego con el que se destruyó no solo una propiedad industrial y una vivienda vistosa, sino también valiosa papelería, incluyendo la biblioteca. De seguro, al enterarse, Céspedes recordó los tiempos en que contemplaba las maniobras de los barcos desde su casa de tejas y columnas dóricas. O las épocas en que fue modernizando poco a poco la industria y mejorando los rendimientos de la finca, de unas 18 caballerías, en la cual abundaba el árbol conocido como majagua.
Lo cierto es que aquel ingenio, uno de los primeros en Cuba en emplear mano de obra asalariada, quedó convertido en ruinas.
Historia de un cascabel
La campana que aquel 10 de octubre de 1868 convocó a la lucha independentista se contó entre los pocos objetos que pudieron salvarse después de aquella fecha.
Llegó al ingenio La Demajagua ocho años antes del estallido libertario, cuando la finca era propiedad de Francisco Javier de Céspedes, hermano de Carlos Manuel y quien llegó a ser Presidente de la República en Armas. Permaneció «apacible» hasta que el día cumbre «Miguel García Pavón, hombre de gran confianza de Carlos Manuel de Céspedes, golpeó constantemente el badajo contra el bronce para convocar a negros y blancos a compartir sacrificio y voluntades», tal como relata el historiador manzanillero César García.
Luego del bombardeo fue trasladada en 1869 al ingenio La Esperanza, donde estuvo 31 años «debajo del piso del segundo departamento del barracón de esclavos de aquel ingenio».
Modesto Tirado, primer alcalde de Manzanillo, comandante del Ejército Libertador y amigo de José Martí, logró que en octubre de 1900 se transportara solemnemente al salón de sesiones de la alcaldía de la Ciudad del Golfo.
Aunque hubo varios intentos de convertirla en objeto de propaganda política, salió de allí muy pocas veces, como en 1918, cuando se celebró el aniversario 50 del levantamiento y fue llevada a la capital cubana.
Otro de sus «viajes» famosos ocurrió en noviembre de 1947, cuando Fidel Castro, entonces estudiante de Derecho, la llevó a la Universidad de La Habana. Se sabe que a la sazón fue robada por «mafiosos» al servicio del Gobierno de Ramón Grau San Martín; pero por la presión popular «apareció» y así la llevaron de nuevo a la Ciudad del Golfo.
En 1968, centenario del 10 de Octubre, en un grandioso acto presidido por Fidel, la campana volvería al terreno sagrado donde cobró notoriedad, aunque ahora estaría colocada en un monumento de rocas, hasta hoy.
No obstante, ha sido sacada algunas veces para actos de gran significación
El jagüey y el cosmos
Uno de los «milagros» de La Demajagua está vinculado con un árbol centenario de jagüey. Este aprisionó de forma curiosa entre sus ramas una de las dos ruedas que sobrevivieron al paso del reloj.
Al parecer, la planta no quería que nada ni nadie se llevara el único vestigio del central azucarero. Pero un día el jagüey empezó a morirse lentamente, debilitado por su centenaria edad y las enfermedades. Ante el hecho, «se le aplicaron varias cirugías vegetales, injertos botánicos y fumigaciones aéreas», aunque sin éxito.

El hijo del viejo jagüey aprisionó, como su padre, las ruedas dentadas del antiguo ingenio La Demajagua. Foto: Armamdo Contreras
Sin embargo, ese árbol había dejado, casi de modo oculto, un hijo. Este, en una de esas casualidades extraordinarias, comenzó a tomar el mismo lugar del padre. Y al crecer atrapó entre sus yemas, como había hecho el jagüey viejo durante décadas, la catalina original del central. Así está ahora el hijo, como símbolo de continuidad.
Pero hay más en esta leyenda de árboles: antes de su viaje al espacio, en septiembre de 1980, Arnaldo Tamayo Méndez, primer cosmonauta de América Latina, acudió a La Demajagua y tomó tierra del lugar; con esas partículas sagradas anduvo por el cosmos.
El 8 de enero de 1981, sobre esa tierra llevada al cosmos, fue plantada en La Demajagua una palma real. Hoy, 45 años después, la palma vive vigorosa como anunciando al mundo que nació en tierra sagrada, rebelde y llena de pasión.
