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El hombre que sembró una finca sobre el cielo (+ Fotos)

En el tercer piso de una vivienda holguinera, donde muchos solo verían una placa de concreto castigada por el sol, Julián Velázquez Claro convirtió ese espacio en un pequeño campo productivo con 12 canteros donde cultiva hortalizas, plantas medicinales y viandas que desafían la altura y las limitaciones

Autor:

Reynaldo Zaldívar Osorio

Desde la Loma de la Cruz puede distinguirse un pequeño punto verde que rompe la monotonía del concreto y el paisaje urbano de Holguín. A la distancia apenas parece una mancha de vegetación suspendida sobre una vivienda. Pero al acercarse comienzan a revelarse los detalles: estructuras levantadas sobre pilotes, recipientes adaptados y doce canteros que desafían el calor de una placa de cemento para regalar hojas y frutos.

En el tercer piso de una casa familiar ubicada cerca de la conocida elevación holguinera, en la calle Máximo Gómez, vive y cultiva Julián Velázquez Claro. Para llegar hasta su huerto hay que subir por una estrecha escalera de caracol que conduce hasta los espacios donde este hombre de 73 años convirtió el concreto en tierra productiva. La primera imagen es la de una finca suspendida sobre el cielo.

Fotos: Reynaldo Zaldívar Osorio

Sobre la placa, castigada diariamente por el sol, Julián construyó su propia finca. Cada rincón de ese lugar guarda una historia. Allí crecen hortalizas, viandas, plantas medicinales, aromáticas, maíz, frijoles y numerosos cultivos que llegan hasta la mesa familiar. Él lo llama, con una sonrisa, «el organopónico», un espacio donde la ciudad y el campo se unen como en un beso contante.

Semillas nacidas al asar

Detrás de este pequeño campo suspendido sobre Holguín no solo hay voluntad. También hay conocimiento. Julián tiene formación en Agronomía. Aunque no pudo concluir la carrera universitaria —le faltaban apenas seis meses para graduarse—, los estudios realizados marcaron su manera de entender la agricultura.

Aprendió que cada semilla tiene sus tiempos, que cada suelo necesita cuidados específicos y que la producción depende tanto del esfuerzo como del conocimiento. Las circunstancias familiares hicieron que abandonara sus estudios cuando debía trasladarse a otros territorios para continuar su preparación profesional. Sin embargo, nunca dejó de sentirse vinculado a la tierra. Después de retirarse de la actividad laboral por cuestiones de salud, Julián encontró más tiempo para sembrar.

Algunas personas, al conocer su experiencia, le han dicho que siembra porque lo necesita. «Yo no creo que sea la necesidad lo que me lleva a sembrar, porque muchos tienen necesidad y no siembran. Yo creo que es la pasión por la agricultura, por sentirme útil para los míos». En esa frase está la verdadera explicación de su proyecto.

Anuncios subliminales de la naturaleza

La historia de este huerto comenzó casi por casualidad. En 2020, entre las flores que cuidaba su esposa, comenzaron a aparecer pequeñas posturas de tomate. «Eran plantas nacidas espontáneamente, anuncios quizás subliminales que la naturaleza me daba», comenta. «Nos daba lástima que se perdieran y decidimos trasplantarlas».

El primer desafío fue encontrar un suelo adecuado. En la ciudad, explica Julián, la tierra suele estar mezclada con restos de construcción, arena y piedras, elementos que dificultan la producción. Incluso las áreas cercanas a las lomas han sufrido los efectos de la erosión.

Entonces puso en práctica sus conocimientos. Como la placa del edificio no permitía sembrar directamente sobre el piso, diseñó una estructura elevada. Consiguió bateas de fibra de vidrio, fabricó sus bases y creó canteros de aproximadamente dos metros de largo por un metro veinte de ancho, dimensiones que permiten trabajar cómodamente.

Después vino una de las tareas más difíciles: conseguir la tierra. Cada cantero necesitó alrededor de treinta tanquetas de veinte litros. Esa tierra la buscó en zonas cercanas, la transportó en bicicleta y luego, junto a su esposa, la subió mediante sogas y sacos por una vieja escalera.

Fueron cientos de viajes. Cada porción de tierra colocada sobre aquella placa representaba una pequeña victoria. Poco a poco el proyecto creció hasta llegar a los doce canteros actuales. Pero Julián sabía que no bastaba con tener tierra. Había que alimentarla. Comenzó entonces a elaborar compost y más adelante incorporó la lombriz roja californiana, con la que logró producir un sustrato de mayor calidad. La placa de cemento comenzó a transformarse en un pequeño, pero eficaz, pulmón verde.

Sobre la ciudad

Cuando Julián camina entre sus plantas, proyecta una imagen semejante a la del hombre de campo que recorre su extensa finca. Profundo conocedor de los secretos de la tierra, observa cada cultivo con la atención de quien sabe interpretar sus señales. Parece adivinar lo que necesita una semilla para germinar o cuándo una planta requiere más cuidado. Anota con minuciosidad cada dato para saber cuándo llega el momento adecuado para cosechar.

En sus canteros cultiva ajo, cebolla, cebollín, cilantro, ají, tomillo, jengibre, cúrcuma y muchas otras plantas aromáticas y medicinales. En determinadas etapas del año llega a producir hasta dieciséis variedades diferentes de hortalizas. Entre octubre y diciembre puede sembrar entre quinientos y ochocientos dientes de ajo. Gracias a ese trabajo, muchos condimentos que llegan a la mesa familiar nacen allí mismo. Me sorprendió sobremanera el verdor del maíz y el tamaño de las frutabombas que a esa altura crecen.

Julián también aprendió a respetar los ciclos naturales. Explica, por ejemplo, que una lechuga no debe dejarse demasiado tiempo en el cantero porque cuando comienza su proceso de floración cambia por completo. La planta se prepara entonces para producir semillas y desarrolla mecanismos propios de defensa que modifican su sabor.

Respuestas a los desafíos

La historia de Julián ocurre en un momento en que buscar alternativas para producir alimentos dejó de ser solamente una opción personal y se convirtió en una necesidad colectiva. Cuba atraviesa una compleja situación alimentaria marcada por limitaciones económicas, dificultades para acceder a insumos agrícolas y problemas acumulados en la producción nacional. En ese escenario, cada espacio con potencial productivo adquiere importancia.

Un patio, un solar vacío, una terraza o una azotea pueden convertirse en una oportunidad. La agricultura urbana surgió precisamente como una respuesta a esos desafíos. Desde finales de la década de 1990 Cuba impulsó un programa nacional basado en organopónicos, huertos intensivos y aprovechamiento de espacios disponibles dentro de las ciudades.

Pensadores vinculados a la soberanía alimentaria, como el intelectual brasileño Frei Betto, han insistido en la importancia de desarrollar una cultura donde las personas tengan un papel activo en la alimentación y no sean solamente consumidores. El huerto de Julián es una muestra concreta de esa visión.

Sembrar el futuro

Con el paso de los años este espacio se convirtió también en un aula. Como miembro de la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales y del movimiento de Patios y Parcelas, ha compartido sus experiencias con productores y estudiantes de Agronomía de la Universidad de Holguín.

Muchos llegan hasta allí para conocer cómo es posible producir en condiciones poco comunes. Durante sus mejores etapas llegó a obtener más de doscientos kilogramos de hortalizas al año. También cultivó variedades de pepino que superaban el metro de longitud. Ha conservado semillas y las ha compartido con otros productores, porque considera que esa es una manera de preservar variedades y multiplicar experiencias. Para Julián, una semilla encerrada pierde parte de su sentido. Una semilla debe viajar. Debe llegar a otros lugares. Debe continuar la vida.

Cosecha de una pasión

Julián tiene tres hijos. Una de sus hijas vive junto a él en la casa familiar, mientras otro de sus hijos reside en México y suele enviarle semillas de diferentes variedades. Sin embargo, prefiere las semillas criollas, porque están adaptadas al clima cubano y ofrecen mejores resultados.

Ahora experimenta con la jícama, una planta muy utilizada en México. Tiene alrededor de veinte ejemplares en crecimiento y espera que algunas lleguen también a los patios de otros amigos.

A sus 73 años no considera la agricultura un sacrificio. La ve como una manera de mantenerse activo, sentirse útil y compartir lo aprendido durante toda una vida. También reconoce las dificultades que enfrenta la agricultura cubana. Habla de la necesidad de mejorar las condiciones de quienes producen, de garantizar recursos y de estimular a nuevas generaciones para acercarse nuevamente al trabajo agrícola. Pero al mismo tiempo insiste en una idea que su propia experiencia confirma: muchos espacios todavía pueden aprovecharse, hay que ser creativos e improvisar sobre las carencias.

Cuando termina el recorrido queda una imagen difícil de olvidar: un hombre de 73 años caminando entre hojas verdes, semillas y frutos, con la serenidad de quien encontró en la agricultura una forma de vida.

Desde la Loma de la Cruz, aquel pequeño punto verde seguirá distinguiéndose sobre la ciudad. Es la obra de Julián Velázquez Claro. Un hombre que no solo sembró alimentos sobre el concreto. Sembró la certeza de que, donde exista conocimiento, voluntad y pasión, la tierra siempre dará frutos.

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