Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Wifi

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Esta que contaré es una historia sencilla, una estampa de barrio, un pasaje de Cuba adentro. Anda tejida con recuerdos truncos, arrancada al camino. Un puente anclado en la nostalgia y el cemento que de pronto da un salto. Una línea del tiempo que se bifurca caprichosamente.

Por estos sitios, un niño empuja la portezuela, avanza por un largo empedrado. El asombro se adelanta, se posa en los crisantemos y las margaritas, en la herrería de filigranas y volutas, en la cocina y su enorme campana, en la lámpara de perlas. Y allí está, de pie, como un monumento antiguo. De luto eterno. Augusta, severa, maestrísima. La señorita Nancy, la que enseñó las primeras letras a los niños del barrio, la que ensenó a los hijos de esos niños.

¿Quién iba a decir que aquel universo caería bajo el buldócer? ¿Que la línea del tren atravesaría justamente la casona de mosaicos rojos, que arrasaría los cedros y los tamarindos, los altos corredores? ¿Que habría que envolver cuidadosamente cada recuerdo y cada lágrima… para empezar de nuevo?

Y bien, los fierros se tendieron en paralelo por aquellas tierras hasta hacerlas desconocidas. Hubo puentes y traviesas y grava sobre los que acoger nuevas historias. La memoria se fue desvaneciendo, refundando. Algunos porfiarán que eso nunca existió, algunos preguntarán si estoy seguro.

Las montañas se dibujan majestuosas. El gris y el verde se disputan el espacio. El polvo y el barro se alternan. Las vías se pierden allá, en el infinito. El hombre horada, hurga, levanta; pero la naturaleza es magna, imponente, siempre tiene la última palabra.

Por esos trillos que ha dejado el camino de hierro, avanza el carbonero, anunciando su saco salvador, el vegetal calcinado, quebradizo, poroso, logrado tras muchas noches de desvelo. Avanza el joven, con su cajón a la cintura, pregonando su pan ligero, viudo, amasado con más deseos que harina. El viejo pastor con su rebaño y su cayado hecho de rama de guayabo. Y aquel que llega de más lejos, que dice comprar «cualquier pedacito de oro». Parece un asalto ficcional a la exigente realidad, un cuento a lo Perrault o a lo Andersen, un Midas tropical.

Los pregones de ahora no los escribe Moisés Simons. Son urgentes, como pedradas.

Por esos trillos, por esas mismas tierras apisonadas, elevadas, constreñidas, alguien encontró la señal, alguien regó la voz. En un sitio escarbado a una pequeña elevación, al lado de la línea, en una meseta artificial, se ha instalado el sitio wifi. Casi no hay que explicar el neologismo, pero la Real Academia define: «Sistema de conexión inalámbrica, dentro de un área determinada, entre dispositivos electrónicos, y frecuentemente para acceso a internet».

Cuando falta la electricidad, la modernidad se congela, el encanto se esfuma. En la época de la comunicación, no hay comunicación. Las baterías de
respaldo han cedido. Y es preciso avanzar, teléfono en mano. En el poblado de Boniato, en las afueras de Santiago de Cuba, en todo el caserío a la redonda, es el único sitio a salvo de la incomunicación, donde la gracia de la tecnología abre un pasadizo en el aire.

Se arraciman personas de todas las edades en la zona wifi improvisada. Llegan en oleadas, en pequeños grupos, en solitario. Intercambian detalles, nacen nuevas amistades. «Córrete un paso más allá», te dicen. Las piedras se han convertido en gradas. El yerbazal es casi un terraplén y es preciso tener dotes de equilibrista, de escalador.

El mundo se encuentra a un clic.

Estaba yo en esos menesteres, buscando la respuesta esquiva, concentrado, embebido. Bajo el paraguas, inmerso hasta la médula en las redes… cuando bajo mis plantas se deslizaron la arenisca y las piedras. Sentí resbalar, primero, mi pierna derecha y tras ella, mi cuerpo. Sentí un ardor inmediato, una abrasión. Y rodé finalmente hasta el sendero.

Son estos tiempos de seguir andando, incluso, sobre la postilla.

He regresado tras el penúltimo apagón. He tomado estos lares por donde antaño crecían los crisantemos, por entre los pregones, por la línea del tren. Empecinado en romper el silencio, renuente a perder la memoria. Benditos sean los que inventaron los caminos.

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