Gladys del Monte. Autor: Cortesía de la fuente Publicado: 11/04/2026 | 03:27 pm
Cuando una mujer toma una guitarra, se ilumina la tierra. Con esas luces, con un manojo de canciones, Gladys del Monte se hizo al mundo. La tradición que respiró en el aire desde temprano la injertó en su propio afluente, su fina poética, su timbre exquisito.
Un espíritu inquieto como el suyo pronto fue galardonado en festivales de las enseñanzas media y universitaria. La creación del Movimiento de la Nueva Trova en el estertor de 1972 en Manzanillo, significó el reconocimiento a una eclosión de creadores, a una renovación estético-social en nuestra música. Gladys estuvo en esos conciertos fundacionales por varias ciudades de la Isla y fue bautizada como «La niña de la trova». Tenía apenas… 14 años.
«Era una alegría, una familia. Nos buscábamos, nos visitábamos, vivíamos inventando cosas para encontrarnos. Había mucha sencillez, y en esa sencillez, estaba el brillo», nos confiesa.
Puede cantar temas de Pablo Milanés o Joan Manuel Serrat, o entregarnos en su estilo las canciones profundas de La Negra, Mercedes Sosa. Puede obsequiarte piezas de su autoría. Puede estar sentada, pero sus cuerdas siempre vuelan. Y cuando le canta a su natal Santiago de Cuba, uno desanda junto a ella:
«Mi ciudad está hecha de callejones,/ de bolero, de trova y de carnaval/ Mi ciudad tiene un ritmo/ de mil colores/ que contagia a la gente al caminar…/…Santiago, con tu edad/ pareces una muchacha/ que todos quieren mirar…».
Amante de serenatas y descargas, sin importar si se trata de teatros o de escenarios más íntimos, ella siempre está dispuesta. Gladys es presencia habitual en las peñas de Rosalía Arnáez en El gato tuerto o en las de Silvio Alejandro en el Pabellón Cuba. Se va hasta Varadero a los espacios del grupo Nuestra América y de la escritora María Antonia Blanco. Rasga cuerda y canción en las tardes de la Uneac: «La trova es una mujer/ tiene alma con alas y/ vuela libre al amanecer».
Cuando puso en mis manos su disco Alas de mujer (2003), me acompañó en mis crónicas, en mis programas de radio. Gladys desgrana allí, con una vibra especial, una docena de títulos de su inspiración y de otros autores. Fue grabado en El Sótano de Amanda, del trovador José Aquiles, y masterizado en los Estudios Siboney con el sello Acheré del Centro de la Música Miguel Matamoros. Un fonograma de muchos esfuerzos, pero todos valieron la pena.
«Alas de mujer/ que me acompañen siempre,/ que no me dejen nunca retroceder/ Alas de mujer/ enamorada/ la vida es la cascada/ donde beber».
Su voz había aparecido también en un disco antológico sobre la nueva trova santiaguera (Ponle mira a la canción), pero a decir verdad, hay muchas deudas en la discografía cubana con una trovadora que ha dejado su huella en festivales y encuentros de casi todo el país, así como en Colombia, Panamá, México y Estados Unidos.
Quise regalarme un momento especial el año pasado y la invité al espacio Tertulias en el Jardín en el centro cultural Dulce María Loynaz, que anima su directora, Tomasa González. Su interpretación de los versos de nuestra Premio Cervantes bordó cada palabra, cada intención: «El beso que no te di/ se me ha vuelto estrella dentro…».
Después de trovar, se impone una coda. Por eso, nos fuimos a su casa, a unos pasos del Malecón habanero. Y fue allí donde me entregó un tema en estreno mundial, en estreno de amigos. Una despedida, una reafirmación, para entrar en los nuevos capítulos de su vida: «Este es el amor/ que te puedo dar/ tómalo si quieres/ como algo especial// Yo andaré en canciones,/ yo andaré en el mar…».
