Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

«Gateando» como un niño

Autor:

Juventud Rebelde

Entre diversos apuntes que sirvieron de base para la publicación de varias crónicas, identificadas bajo el seudónimo de Albertico, rescaté otras notas y testimonios, reflejo de valores de muchos jóvenes cubanos en la lucha contra la tiranía batistiana.

El siguiente trabajo seleccionado suma modestos referentes para las nuevas generaciones de cubanos. (Daily Sánchez Lemus)

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Comencé a trabajar en la imprenta Lavernia —apellido de los propietarios— entre los meses de mayo y junio de 1956, en los días que cumplía 12 años de edad. Era una imprenta pequeña con máquinas de impresión directa y los elementales medios de composición, impresión, encuadernación y acabado de los materiales.

Al ingresar al taller, de inmediato me establecieron las reglas: sería un aprendiz; para tener derecho a conocer a fondo debía limpiar el taller una o dos veces al día, incluido el servicio sanitario; hacer las gestiones que me indicaran, entre otras, buscar agua y café en un establecimiento cercano dos o tres veces durante la jornada laboral. Tenía que comenzar por aprender a limpiar las máquinas de impresión y hacerlo al finalizar cada día; todos los viernes por la tarde, antes de concluir la jornada, en la esquina donde radicaba la imprenta, en un cajón cuadrado de madera, debía extraer y quemar la recortería bajo mi custodia.

La imprenta se había convertido en el centro de la elaboración de la propaganda clandestina en Camagüey. Allí, bajo la dirección de Antonio (Tony) Ginestá Almira, se reproducían materiales llegados desde la Sierra Maestra y de otras procedencias; existía, además, un pequeño boletín de la provincia, cuya cabeza se imprimía en la máquina más grande y su tripa, observando las medidas de seguridad, se tiraba dentro del almacén de materias primas que se encontraba contiguo al taller, a través de un mimeógrafo. Se producían volantes y hojas sueltas, muchos de ellos con un papel engomado por el reverso de la parte impresa para facilitar y agilizar su fijación en las paredes y otros soportes de apoyo público.

Por esa fecha se incrementaban las acciones políticas contra la dictadura y se producían con regularidad alteraciones del orden, huelgas y otras manifestaciones en la escuela ubicada frente a nuestra imprenta.

Por esos hechos, en ese centro escolar habían ubicado permanentemente a un militar de guardia para tratar de preservar el orden.

Por mi parte, continuaba la práctica —una o dos veces a la semana— de sacar al exterior del taller el cajón de madera con la recortería, extraerla y darle fuego, solo que toda la mácula de la propaganda clandestina se situaba debajo del resto de los desechos. Allí, a unos 15 o 20 metros del referido militar, de modo insospechado, ardían los materiales. Pero sucedió que en una ocasión, por tratarse de una esquina descubierta y existir un aire fuerte, vino una especie de remolino y súbitamente levantó muchos recortes y desechos.

Hasta los pies del militar apostado llegué prácticamente «gateando» con un palo, deteniendo y recogiendo las hojas de papel con los visibles colores rojo y negro que denunciaban o podían hacer presumir su contenido subversivo. Parecía que el militar, en cumplimiento de su misión, estaba atento a lo que podría ocurrir en el interior del recinto docente y no lo que sucedía ante sus propias narices. También he pensado que el hecho de que se tratara de un muchacho de 12 o 13 años no levantaba sospecha alguna.

Aquella experiencia —para mí un mal momento— sirvió luego para la anécdota y la risa por haber «gateado» como un niño después de tantos años.

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