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Show en el campo, tablas en el papel

En el Johan Cruijff Arena, Xavi y Klopp debutaron con un empate 1-1 que supo a poco para Alemania y a gloria para Países Bajos

 

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Hay vecinos que se quieren, vecinos que se ignoran y vecinos que, cuando se cruzan en el rellano, sacan la escoba. Alemania y Países Bajos son de estos últimos. Su historia compartida no es un tratado de paz, sino un cuaderno de agravios: los sucesos de la II Guerra Mundial y un país en ruinas entre 1940 y 1945, una herida que tardó décadas en cicatrizar. Cuando en 1974 la Naranja Mecánica de Cruyff cayó en la final del Mundial ante la Alemania de Beckenbauer, el fútbol le puso imagen a ese rencor. Cuando Van Basten marcó en Hamburgo en 1988, catorce años después, los neerlandeses celebraron la venganza como si hubieran ganado una guerra. Cada Alemania-Países Bajos es, desde entonces, algo más que un partido. Es un ajuste de cuentas con la memoria.

Y este jueves, en Ámsterdam, el ajuste de cuentas volvió a escenificarse. Xavi Hernández, el cerebro del tiki-taka español, se sentaba en el banquillo de la Oranje por primera vez, convertido en el primer entrenador extranjero de Países Bajos desde 1978. Enfrente, Jürgen Klopp estrenaba su era al frente de una Alemania que llega tocada tras años de decepciones. Los vecinos, otra vez, frente a frente. Y como en toda buena pelea de barrio, hubo golpes bajos, gritos, polémica y un final que dejó a todos con la sangre caliente.

El partido empezó con Países Bajos creyendo que había asestado el primer golpe. Van Dijk cabeceó a la red un córner en el minuto 13 y el Johan Cruijff Arena explotó. Pero el VAR, ese árbitro de hierro que todo lo ve, anuló el tanto por una obstrucción de Brobbey a Ter Stegen. La fiesta se quedó a medias. Y cuando los neerlandeses aún digerían la injusticia, llegó el golpe alemán. Kai Havertz cayó lesionado tras una entrada dura, Brobbey se desplomó sobre el césped pidiendo auxilio, y mientras los locales esperaban que Alemania echara el balón fuera por fair play, los germanos siguieron jugando. Kimmich filtró un pase, Adeyemi falló un taco increíble y Nmecha, libre de marca, fusiló a Verbruggen. El 0-1 encendió la mecha: Dumfries increpó a Kimmich, Van Dijk señaló al árbitro con el dedo acusador, y Xavi, desde la banda, abrió los brazos con gesto de incredulidad. Klopp se encogió de hombros. Los vecinos, cómo no, se engancharon otra vez.

 

La segunda parte fue un asedio neerlandés. Xavi movió el banquillo, dio entrada a Ruben van Bommel —hijo del mítico Mark van Bommel, el hombre que en 2006 protagonizó otro de esos capítulos calientes entre ambos países— y el chico se convirtió en el agitador que su padre fue. Alemania se replegó, Ter Stegen se agigantó bajo los palos con una actuación de esas que merecen un monumento, y Adeyemi, por su parte, perdonó ocasiones que habrían sentenciado el partido. El tiempo se agotaba. El reloj marcaba el minuto 91. Y entonces, Van Bommel dibujó un pase con el exterior del pie que fue una obra de arte, un susurro de seda que atravesó la defensa alemana como una flecha. Gakpo llegó al segundo palo y definió de primera. El balón besó la red. El estadio estalló. El empate era una realidad, y las tablas, un castigo divino para una Alemania que había jugado con fuego y se quemó en el último suspiro.

Klopp se quedó petrificado en la banda. Había visto a su equipo ganar durante casi 90 minutos, había visto a Ter Stegen firmar una actuación épica, y había visto a Adeyemi perdonar la sentencia. Pero el fútbol, como la vida, no premia a quien no mata cuando puede. Xavi, en cambio, respiró aliviado. Su debut no fue perfecto, pero fue valiente. Países Bajos mostró personalidad, ambición y deseo, justo lo que el técnico catalán había prometido. «La segunda parte es la manera en que debemos jugar», dijo después, con la sonrisa de quien sabe que ha plantado una semilla en un terreno fértil. El show había sido de altísimo nivel. El marcador, 1-1, dejó a ambos con un punto y la sensación de que este grupo A2 de la Nations League será una batalla de titanes hasta el final.

Al final, cuando las luces del Johan Cruijff Arena se apagaron y los aficionados abandonaron las gradas con la voz ronca, quedó la sensación de haber presenciado algo grande. No hubo vencedor ni vencido, solo dos equipos que se midieron con la dignidad de los antiguos guerreros germánicos y la astucia de los navegantes neerlandeses. Los vecinos seguirán sacando la escoba cada vez que se crucen. Pero esta vez, nadie barrió a nadie. El show fue mayúsculo. Las tablas, en el papel, son solo un número. Pero en la memoria de quienes estuvieron allí, el 1-1 entre Países Bajos y Alemania quedará como el día en que dos leyendas comenzaron su camino en los banquillos, y el fútbol, una vez más, demostró que a veces el espectáculo vale más que la victoria.

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