Silvina Fabars Guilall, al centro. Autor: Tomado de Cubaescena Publicado: 01/04/2025 | 10:39 pm
Hubo una vez en que una augusta dama atravesó el pasillo del hotel, en que Isadora de ácana tocó a mi puerta. Me buscó la mirada, me calibró el sentido y me soltó, como lo más natural del mundo, un «vengo a dormir a tu habitación» inapelable. No nos habíamos presentado, yo no sabía quién era… pero sus ademanes la delataban.
¿Acaso puedes cerrarle el camino a una palma que viene a ti?
Se me fue dibujando, se me fue yendo atrás. Me contó del café y de la caña, del barrio y de las lomas, del puente de Cuneira, del Realengo 18, de los cantos haitianos, del Ejército Rebelde.
Yo no quería preguntarle, no debía. Traté de adivinarle entre los gestos. La escuchaba y reía. La escuchaba y exprimía la memoria. Y apareció ante mí, como un relámpago, esta reina del canto y de la danza, esta sobreviviente que emergió del fondo de la tierra, que bailó contra todos los demonios.
¿Era la luz aún o anochecía?
No vengo a contar lo que todos saben. De aquella adolescente fundadora del Conjunto Folclórico de Oriente en 1959, en el mismísimo año de todos los cambios; de su trabajo con el Conjunto Folclórico Nacional, desde mediados de los 60. De su Oshún y su Oyá, de la canasta en la cabeza, de Manolo Micler, de Eugenio Hernández Espinosa, a sus pies. Y de su
larga estela, del magisterio profundo, de su Premio Nacional de Danza.
Vengo a sacudir el tiempo. Cuando la desgracia se abalanzó sobre ella, temeraria y absurda, cuando unos disparos extraviados le tocaron las cuerdas vocales, parecía que Silvina había terminado cuando apenas comenzaba. ¡Ay, su canto! Yo hubiera querido estar en la cabecera de su cama. Yo la hubiera aplaudido hasta sangrar cuando pidió una oportunidad para bailar.
La marca que ese suceso le dejó fue también la marca de la vida, del triunfo de la vida.
Vengo a dar fe de sus clases generosas. Nada se guardó, como hacen los maestros auténticos. Apuntaba los detalles con las manos, con su cuerpo, con los ojos, en el aire. Y bailaba con sus alumnos, bailaba contra el tiempo, bailaba siempre.
Ella subió, juncal y majestuosa, a las tablas del teatro Guaso. La compañía Danza Fragmentada le agradecía toda su ayuda. Y desfiló ante todos, en apretada síntesis, su huella por casi un centenar de países. Me tocaba asistir al agasajo, pero me resistí… ¿qué puede hacer un mortal caballero al lado de una diva?
Y entonces, Silvina me tendió la mano. Y lo hizo Ladislao Navarro, director de Danza Fragmentada. Yo sentí que Guantánamo y la danza me empujaban. Yo nunca averigüé si era una gota sobre su almohada, si era acaso una puerta sin cerrar, si era… lo que la llevó a pedirme cobija. Yo me quedé con sed de Silvina Fabars Guilall, con sed de aquella estirpe. Yo le escribí un poema:
«Dura como palo de monte. Dura como las rocas que sostienen la Isla. Dura como grito de guerra.
«El marabú tiembla ante tus brazos. Tu nombre suena como campana en cada esquina. ¡Oshún, Yalodde, dueña de las riberas! No hay voz herida que no sepa levantarse.
«Tú bailas con el espíritu de los barcos negreros. Tú bailas con los tambores y las ramas de los loas. Tú eres un jardín, una fronda, un taller infinito, una perla negrísima en el pecho de Cuba.
«Dura como palo de monte. Dura como las rocas que sostienen la Isla. Dura como grito de guerra».