El Ché aliviando heridos en las serranías Autor: Archivo de JR Publicado: 09/10/2026 | 09:48 am
Cada vez que se asoma octubre —sobre todo los días 8 y 9, que marcan la captura y el magnicidio del Che— emergen remembranzas que nos traen a la mente una boina con estrella, un desfiladero aciago y otras tantas historias. No obstante, a tales evocaciones muchas veces les faltan ángulos por contar.
Poco se comenta, por ejemplo, que el 5 de diciembre de 1956, bajo una tempestad de proyectiles enemigos, Ernesto Guevara de la Serna, el médico de la incipiente hueste rebelde, enfrentó una disyuntiva extremadamente compleja: optar entre la caja de municiones o su botiquín de medicamentos. Al final, se inclinó por la senda del combatiente, del guerrillero.
Mas ese proceder en Alegría de Pío, si bien acertado desde cualquier perspectiva, respondía a una coyuntura. El Che, en oposición a lo que sostienen algunos, nunca abandonó su condición de galeno.
Una vez egresado de la Universidad de Buenos Aires, en 1953, jamás contempló dicha profesión desde la distancia. Tanto es así que, al momento de su deceso en suelo boliviano, cargaba entre sus pertenencias un libro de Medicina.

Título de egresado de la carrera de Medicina de Ernesto Che Guevara
Aliviando heridos en las serranías
Hay un hecho que marcó al Che médico en la Sierra Maestra: tras el combate de La Plata (17 de enero de 1957), él se entrega, por disposición de Fidel, a atender a los militares de la tiranía lesionados en el enfrentamiento. Lo realiza nada más y nada menos que con las limitadas existencias médicas de los insurrectos.
A partir de ese momento empieza a comprender mejor la importancia de su oficio y asume que en una guerra los fármacos no solo se destinan a sus compañeros sino también a los heridos del adversario.
Más adelante, al internarse en la Sierra Maestra y concluir las extensas caminatas, aprovecha su escaso reposo para mitigar los padecimientos de la tropa: las úlceras, alergias, fiebres.
Paralelamente realiza consultas en los pequeños caseríos a donde arriba el Ejército Rebelde. «En aquella época tenía que cumplir mis deberes de médico y en cada pequeño poblado o lugar donde llegábamos realizaba mi consulta. Era monótona pues no tenía muchos medicamentos que ofrecer y no presentaban una gran diferencia los casos clínicos de la Sierra: mujeres prematuramente avejentadas, sin dientes, niños de vientres enormes, parasitismo, raquitismo, avitaminosis, en general, eran los signos de la Sierra Maestra», contaría él.
Tras el afamado enfrentamiento del Uvero —donde se erige como verdadero héroe— (28 de mayo de 1957) socorre, con enormes esfuerzos, a los más de 20 heridos que reúnen ambos bandos. Allí suministró sedantes, entablilló, suturó, sacó proyectiles.
Más adelante se le confía la misión de custodiar a siete guerrilleros lesionados. No pudo desempeñar mejor su encomienda: a pesar de la humedad y la hostilidad brutal del entorno, ninguno de ellos contrajo infección.
Fernando sacamuelas
El 26 de junio de 1957 el Guerrillero Heroico, en una resolución sumamente audaz, comienza su trayectoria de odontólogo y se convierte de esta manera en el «temible» sacamuelas de la Sierra.
Con su sinceridad característica escribiría él con posterioridad que «poseía escasa pericia en esta actividad». Además, contaba con poca anestesia por lo que se veía obligado a recurrir bastante a la «anestesia psicológica». Esta consistía en «llamar a la gente con epítetos duros cuando se quejaban demasiado por los dolores en su boca».
Rafael Lienz, combatiente del Ejército Rebelde, narró que que estas «complicadas» extracciones se realizaban por lo general «con la gente amarrada de un taburete»".
En ocasiones, el Che fallaba en sus intentos «estomatológicos» como sucedió cuando trató de sacarle un colmillo a Joel Iglesias. «Todos mis esfuerzos —escribió— resultaron infructuosos. Faltó solamente ponerle un cartucho de dinamita».
Por otro lado, alcanzó fama por su pesada mano de dentista. Lienz cuenta que en una ocasión Lalo Sardiñas dijo dolerle una muela y el Che, sin perder tiempo, le contestó: «Pues hay que sacártela».
Lalo, que no era cobarde ante los proyectiles, esquivó la propuesta rato después: «Ya se me alivió el dolor de muela; no hace falta sacármela».
Pero a pesar de tales extracciones sin anestesia, el Che resolvió un gran problema de los moradores de los lomeríos y de la tropa misma. Si se «aventuró» a ejercer como dentista fue, sobre todo, por su eterno afán de ayudar a los demás.
Prevención
Uno de los postulados del Che era que la medicina debía utilizarse en casos extremos. Por eso hacía especial énfasis en la prevención de las enfermedades, en la higiene y en una dieta lo más balanceada posible.
Dentro de sus conceptos veía al médico como un ser virtuoso, solidario, humano, sin egoísmo y dispuesto a morir por salvar una vida no importa de quién.
También escribió sobre la importancia de un profesional de la salud en la etapa nómada de la guerrilla; en esta fase el médico ejerce una influencia tremenda sobre los guerrilleros, «su prédica prenderá en la tropa con mucho más vigor que la dada por cualquier otro hombre de ella».
En su época de adolescente el Che soñaba, según él mismo expuso, con convertirse en un investigador distinguido y publicar libros sobre la medicina. Su padre Guevara Lynch contó cierta vez que cuando Ernesto realizaba el primer viaje por América del Sur le comentó: «Estoy escribiendo un libro sobre la función del médico en América Latina».
En los años siguientes el propio Guerrillero Heroico diría que durante la revolución guatemalteca de Jacobo Arbenz «había empezado a hacer unas notas para normar la conducta del médico revolucionario. Empezaba a investigar qué cosa era lo que necesitaba para ser un médico revolucionario».
Con el tiempo, sus anhelos quedaron definitivamente aplazados; las colosales tareas que tenía que enfrentar lo absorbían por completo. Además en aquel interminable ajetreo descubrió que «para ser un verdadero médico revolucionario había que hacer primero la Revolución».
Por esta razón es que, sin apartar jamás el camino del galeno, decide ir por las transformaciones con la adarga al brazo, aunque eso le costara la vida. Y así llegó aquel 8 de octubre de 1967, fecha en que lo capturaron herido, desarmado, sin poder caminar sin ayuda.
Al día siguiente, el 9 de octubre, lo asesinaron a tiros. El médico que había curado a soldados enemigos, que había sacado muelas sin anestesia, que había entablillado con inventos, murió acribillado en una escuela boliviana. Todavía era médico; eso, hasta el último momento.
