El debate sobre el lenguaje inclusivo transita entre la búsqueda de visibilidad social y el respeto a las normas gramaticales del español. Autor: Adán Iglesias Publicado: 29/09/2026 | 10:58 am
El lenguaje inclusivo, entendido como una forma de comunicación que busca integrar la diversidad desde el idioma, constituye actualmente un tema de debate entre los hispanohablantes.
Para algunos representa el avance de una sociedad donde comienzan a desdibujarse los estigmas patriarcales; para otros, evidencia el retroceso de una cultura en la que los criterios se muestran como verdades absolutas en el espacio de las redes sociales.
Lo cierto es que pocos usuarios continúan ajenos a un tema que ha trascendido los conversatorios sobre género para convertirse en un asunto abordado por la propia Real Academia Española.
Aunque la historia no recoja con exactitud la fecha en que surgió el término, se considera que su nacimiento se remonta a los movimientos feministas de la década de los setenta, cuando se cuestionó el uso del masculino como genérico gramatical para referirse a personas de ambos sexos.
El lenguaje inclusivo se convirtió en una forma de resistencia dentro de un panorama en el que no se concebía el uso de una alternativa femenina para mencionar a las mujeres que ejercían profesiones desempeñadas tradicionalmente por hombres.
Bajo la premisa de que «lo no mencionado se convierte en invisible», las activistas recurrieron al llamado «desdoblamiento de género» para expresar sus inquietudes, aunque separar constantemente el masculino y el femenino en frases como los niños y las niñas, los trabajadores y las trabajadoras, o los alumnos y las alumnas resulte más efectivo en el discurso político que en la fluidez del habla cotidiana.
¿UNA NECESIDAD SOCIAL O UNA IMPOSICIÓN?
El periodista Cristian Martínez, líder del proyecto Buen Idioma, considera que la lengua es un ente vivo que se transforma espontáneamente y no puede modificarse por decreto.
Desde su experiencia en la edición de programas televisivos, comprende la necesidad de incluir mediante el lenguaje, pero no recomienda el uso de los morfemas -e, -x o @ en la terminación de las palabras, por encontrarse excluidos hasta el momento de la norma culta del idioma.
«Siempre que sea posible y no genere ambigüedades, el empleo del masculino genérico sigue siendo válido para integrar a los hablantes, entendiendo por esto la inclusión de todas las personas sin distinguir sexo. Usarlo no afecta la claridad de los mensajes y se ajusta a la economía de la lengua, a diferencia del empleo excesivo de desdoblamientos como cubanas y cubanos», aseguró el también profesor adjunto de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.
Quizá, una de las mayores limitantes de esta alternativa promovida en los entornos digitales sea intentar imponerse sobre pautas idiomáticas consolidadas a lo largo de los siglos. El idioma no es inamovible, pero cuando una causa justa se defiende sin comprender las resistencias culturales del interlocutor, la conversación se diluye en un debate polarizado.
Es así como una propuesta que busca desarraigar estereotipos puede terminar perpetuándolos. El respeto nace de la comprensión y, si no existe consenso entre los hablantes, el idioma se convierte en un código restringido a una minoría. No resulta descabellado que en el futuro el lenguaje asuma nuevas pautas, pero las transformaciones deben surgir de forma espontánea, sin afectar la claridad ni la fluidez de la lengua.
«Cuando intentamos cambiar algo, no debemos olvidar que nos enfrentamos a un orden antiguo y que las mentalidades varían poco a poco. El verdadero lenguaje inclusivo consiste en pensar con inteligencia una alternativa que englobe a quienes escuchan y no lacere a nadie», asegura el licenciado en Relaciones Internacionales Agustín Ortiz Montalvo, quien cursa estudios de maestría en la Facultad de Artes y Letras.
En un mundo convulso y cambiante, el también especialista con estudios de posgrado en edición destaca la necesidad de emplear vocablos más respetuosos, dado que el lenguaje y el pensamiento están estrechamente relacionados.
«El idioma se rige por normas que responden a estructuras históricas de poder. Es por eso que la visibilidad ha sido reclamada también en el ámbito del lenguaje por mujeres que ahora pueden escribir sin esconderse detrás de un seudónimo, así como por personas de la comunidad LGBTQ+», añadió.
Sus investigaciones le han permitido comprender las posturas idiomáticas que sostiene la academia; sin embargo, defiende la importancia de deconstruir términos históricamente excluyentes y reconocer la diversidad ajena, aun cuando no se comparta.
En el caso de las personas no binarias, la empatía adquiere un significado especial, pues es posible evitar las marcas explícitas de género o utilizar el pronombre de preferencia de la persona sin necesidad de hacerlo obligatorio para el resto de los hablantes.
Por su parte, la licenciada en Letras de la Universidad de La Habana María Fernanda Betancourt González asegura que el lenguaje inclusivo se resume en garantizar el acceso a la comunicación de todas las personas, independientemente de sus diferencias. La especialista en lingüística advierte que la lengua de señas y el braille son también formas de superar barreras, aunque en los últimos años la alteración morfémica haya sido la vía más difundida por los colectivos queer.
Asimismo, señaló que las causas de la discriminación subyacen en las formas de pensar del ser humano: «El lenguaje no es machista, sexista ni homofóbico; lo son quienes lo usan. Los cambios culturales se reflejan en la lengua, pero nunca comienzan en ella. La evolución de los signos lingüísticos no es un proceso consciente; debe surgir de forma gradual y con la aceptación del conjunto de la sociedad», argumentó.
Como señalan los especialistas, resulta imposible forzar las pautas de un idioma que ha sido el espejo cultural de los pueblos, pero ser empáticos y comprender las diferencias de los demás es también un deber humano.
Las expresiones que incitan a la violencia, los eufemismos con que tantas veces se invalida el sentir de grupos segregados y la renuencia a nombrar los problemas por su nombre deberían erradicarse del uso cotidiano.
Ser inclusivos, más allá de una marca gramatical, significa comprender que existen múltiples formas de asumir la realidad —sin que ninguna sea la única correcta— y evitar expresiones que hieran a los demás, aun cuando no compartamos sus razones.
En la medida en que desaparezca el sexismo en el pensamiento y la acción de las sociedades, el idioma se irá transformando de manera natural, sin perder su identidad ni su riqueza.
