Monumento erigido en la Ciudad Monumento para recordar a Rosa La Bayamesa. Autor: Luis Carlos Palacios Publicado: 26/09/2026 | 10:28 am
BAYAMO, Granma.— Cuentan que el mismísimo Máximo Gómez Báez llegó al hospital de San Diego del Chorrillo, en territorio del actual Camagüey, a conocer a una mujer gallarda, quien lo mismo curaba con agilidad a los heridos que disparaba su fusil en la manigua.
Y narran que el Generalísimo, al verla, le dijo con admiración: «Rosa, yo he venido con mis ayudantes expresamente para conocerte. De nombre ya no hay quien no te conozca por tus nobles acciones y los grandes servicios a la Patria».
Ella, con una humildad que desarmaba, le respondió: «No, General, yo hago bien poca cosa por la Patria. ¿Cómo no voy a cuidar de mis hermanos que pelean? ¡Pobrecitos! Ahí vienen luego que da grima verlos, con cada herida y con cada llaga, y con más hambre, General (...) Yo cumplo con mi deber y de ahí no me saca nadie, porque lo que se defiende, se defiende, y yo aquí no tengo a ningún majá; el que se cura se va a su batalla y andandito...».
Detrás de esa respuesta latía una vida entera de entrega. Se trataba de Rosa Castellanos Castellanos, quien había nacido en 1834, en un barracón de esclavos en El Dátil, precisamente la localidad bayamesa donde el dominicano ilustre se asentó por un tiempo. Hija de Matías Castellanos y Francisca Antonia Castellanos, dejó de ser esclava a los 34 años, cuando estalló la guerra independentista de 1868, y no tardó en incorporarse a las tropas insurrectas que operaban en las lomas de la Sierra Maestra.
En las montañas curó a heridos, muchas veces con plantas medicinales de las que conocía sus propiedades; pero también confeccionó ropa para los combatientes y sirvió de enlace entre los mambises
Al inicio de la contienda contra España se unió a otro antiguo esclavo, José Florentino Varona, con quien compartió la lucha durante toda la Guerra Grande (1868-1878). En 1871, cuando la ofensiva española arreció en Oriente, tuvo que trasladarse a las montañas de Najasa, en el sudeste de Camagüey. Allí todos empezaron a llamarla Rosa La Bayamesa. Y en aquellas tierras también hizo gala de su puntería para defender a los independentistas que tenía bajo su custodia.
En 1895, con 61 años a cuestas, volvió a enrolarse en la manigua. Y con esa edad siguió asombrando a los suyos. Por eso, no extrañó que en noviembre de 1896 el presidente de la República en Armas, Salvador Cisneros Betancourt, le confiriera, a propuesta de Gómez, el grado de Capitana del Ejército Libertador. La argumentación de aquel reconocimiento dejaba constancia de sus méritos: «Esta mujer abnegada prestó excelentes servicios a la Guerra de los Diez Años y en la revolución actual, desde sus comienzos ha permanecido al frente de un hospital en el cual cumple sus deberes de cubana con ejemplar patriotismo. La Patria agradecida le da este reconocimiento por su lucha, por salvar vidas en una lucha donde se pierden tantas».
En aquella última contienda quedó al frente de un nuevo hospital de sangre, remendó y zurció ropas, veló por la seguridad de los heridos, y se convirtió en la enfermera de los cubanos.
Tras la instauración de la llamada «República», siguió viviendo en Camagüey, sumida en una pobreza total, hasta que un padecimiento cardíaco segó su vida el 25 de septiembre de 1907, cuando tenía 73 años.
Su muerte causó consternación entre sus antiguos compañeros de armas y su cuerpo fue velado por más de 30 horas con honores militares. Pero antes de aquel último suspiro, Rosa Castellanos Castellanos ya había entrado, con su ejemplo, en las páginas gloriosas de Bayamo, Camagüey y del resto de la nación.
Fuentes: Una rosa negra de inigualable valor, de Yelandi Milanés Guardia, en periódico La Demajagua, 25 de septiembre, 2024.
Rosa La Bayamesa: de esclava a capitana del Ejército Libertador cubano, de Delfin Xiqués Cutiño, en periódico Granma, 25 de septiembre, 2022
Enciclopedia digital Ecured
