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Músicos, bomberos y otras «novedades»

¿Sabe usted cuándo sonó en La Habana la primera orquesta?  ¿Cuándo ocurrió el primer accidente de tránsito y en qué fecha se instaló el primer semáforo? ¿Que el Chevrolet era la marca preferida en un país donde en 1959 rodaban más de 180 000 automóviles? ¿Recuerda acaso cuándo ocurrió en la ciudad el primer incendio de envergadura y en qué año se creó el cuerpo de bomberos? ¿Y el inodoro? ¿Cuándo llegó el inodoro?

Buscamos en las respuestas una primera vez o la fecha más aproximada posible del «estreno» en Cuba de hechos y situaciones que en un momento fueron novedades. Y lo hicimos con las propuestas que se plantearon en la página que apareció hace un par de domingos. Seguirán en este sentido otras que se irán publicando sin fecha fija.

Esperemos. Anticipemos por lo pronto que Cuba es el primer país del que contó con esa maravilla del teléfono automático. La primera planta eléctrica que operó en Cuba lo hizo en la ciudad de Cárdenas; se inauguró el 7 de septiembre de 1889, siete años después de la primera planta, que se instaló en Nueva York. En octubre de 1956 la empresa eléctrica anunció que comenzaría las obras para construir una central atómica de 10 000 KW, primer anuncio de un proyecto similar en la Isla.

Por el medio ambiente

La que quizá sea la primera disposición en favor del medio ambiente se tomó en la villa cuando, a fin de proteger el arbolado de la urbe, se prohibió la tala de cedros y caobas, maderas que la vecinería empleaba sobre todo en la confección de bateas, aunque también les daba empleo en la elaboración de objetos más importantes. Esta disposición no impidió, sin embargo, que se exportasen a España, en grandes cantidades, maderas preciosas cubanas, lo que obligaba a los habaneros a trasladarse a lugares cada vez más lejanos cuando necesitaban construir o reparar su vivienda.

Digamos de paso que la persona que recibía solares para erigir su morada, debía edificarla en el plazo de seis meses. Si no lo hacía en ese tiempo se le retiraba el permiso de fabricación, se le multaba y se le quitaba el terreno empleado.

Una orquesta

La primera orquesta con que contó La Habana se conformó a fines del siglo XVI. Poco antes, en 1582, una Relación de vecinos de La Habana y Guanabacoa no consignaba a ningún residente en esas localidades que tuviese la profesión de músico. Sin embargo, en Santiago de Cuba existía en esa fecha una pequeña agrupación que tocaba tanto en fiestas particulares como en iglesias. La integraban cuatro personas, dos de ellas las hermanas Micela y Teodora Ginés, negras libres dominicanas, oriundas de Santiago de los Caballeros. Dos de aquellos músicos –Micaela fue una de ellos- se desgajaron del conjunto a fin de buscar vida en La Habana, y aquí, con otros dos del oficio, formaron un cuarteto que en sus presentaciones contaba con el acompañamiento espontáneo de gente que rasgaba el calabazo y tañía las castañuelas. Un conjunto que gozó de gran popularidad. Era el único.

En automóvil

Fue en diciembre de 1898 cuando circuló en La Habana el primer automóvil. Once de esos vehículos se movían por la ciudad en 1901. Cuatro años más tarde se expendían las primeras carteras dactilares, que entonces se llamaban «títulos» y que sus poseedores exhibían como si fueran diplomas universitarios. En 1906 ocurrió en esta capital el primer accidente automovilístico: Justo Fernández, empleado del comercio, murió luego de ser atropellado en Monte y Ángeles por el auto que, conducido por Luis Marx, transportaba al presidente Tomás Estrada Palma. En 1917 se concedió por primera vez entre nosotros el permiso de conducir a una mujer. Correspondió a María Calvo Nodarse, la célebre Macorina, la de «ponme la mano aquí». En 1930 comenzó a funcionar el primer semáforo del país, en la intersección de Prado y Neptuno, y en el mismo año se instalaba otro en Belascoaín y Zanja.

En 1959 circulaban en Cuba 180 511 autos, casi todos de procedencia norteamericana. Las estadísticas revelan que Chevrolet era la marca preferida por los cubanos. Seguían vehículos de la marca Ford en la preferencia de los compradores, y más atrás Buick y Plymouth.

Bomberos

El primer incendio de envergadura que recoge la crónica habanera ocurrió el 22 de abril de 1622. Comenzó en una casa de la calle de La Cuba, porción esa de la calle Real o de la Muralla, llamada también Del Molino. No pudo impedirse su propagación y se extendió rápidamente, impulsado por el viento, por cinco manzanas de la zona. Destruyó 96 edificaciones y acabó con todos los árboles. Son también de triste memoria los dos incendios de Jesús María. El primero, de 25 de abril de 1802, causó numerosos heridos y no menos de siete víctimas fatales, así como unas 7 000 viviendas destruidas. Ocurrió el segundo, menos voraz que el anterior, pero también terrible, el 11 de febrero de 1828.

Fue el 12 de diciembre de 1835 cuando el capitán general Miguel Tacón, que en su gobierno combinó el despotismo con la realización de obras de mucha utilidad pública, dispuso la creación de los Honorables Bomberos y Obreros de La Habana, cuerpo que puso bajo el mando del coronel Manuel Pastor. Lo integraban casi 200 hombres, entre los que sobresalían albañiles, herreros y carpinteros.

La mitad de esos hombres atendería la zona de intramuros y la otra mitad, la de extramuros, y había pelotones de blancos, de negros y de mulatos. Un teniente estaba al mando de cada uno de esos pelotones y en sus plantillas aparecía además un subteniente, un sargento y tres cabos, mientras que 24 hombres conformaban su dotación para un total de 30 elementos. Vestían de uniforme: casaca azul turquí con cuello y vivos rojos, y pantalón blanco.

El cuerpo de bomberos se incrementó notablemente, y en 1862 contaba con 1 275 hombres, cifra esa que incluía a un cirujano y una banda que integraban 80 músicos. Se trataba de un personal que prestaba de manera voluntaria sus servicios. Solo percibían emolumentos los jefes, el cirujano, el escribiente y los cornetas.

Aparece el sereno

Tacón, que gobernó la Isla entre 1834 y 1838, propicia asimismo la aparición de una figura que se haría legendaria en la noche habanera, el sereno, un vigilante nocturno que recorría a pie el vecindario y de cuando en cuando, y a viva voz, anunciaba la hora y el estado del tiempo. Iba el sereno provisto de una pica y llevaba un silbato que le permitía comunicarse con sus colegas, pedirles auxilio y avisarles en caso de avistar a un delincuente. Llevaba asimismo una cuerda con la que atarlo en caso de que lo capturara.

El sereno, que no es el custodio, llegó a la Revolución, sin pica ni cuerda, pero sí con silbato y con un revólver. Como guarda jurado, vestía el uniforme azul de la Policía Nacional, pero no formaba parte de dicho cuerpo. Era, en cierta medida, un electrón suelto. Proponía sus servicios de casa en casa y por dos pesos mensuales ponía en la mirilla a la residencia que los aceptara.

El inodoro

No se ponen de acuerdo los cronistas sobre la fecha de la introducción del inodoro en La Habana. Fue, años más, años menos, en la década de 1880. No eran entonces, por supuesto, como los que llegarían después. Estaban confeccionados con madera recubierta de zinc, su taza tenía forma de embudo y disponían de un tanque elevado, como el que seguimos viendo en inodoros más recientes y otros que quedaron en el camino. Todavía a finales del siglo XIX, cuando eran frecuentes en La Habana las epidemias de escarlatina, viruela, sarampión, tifoidea y fiebre amarilla no existía el alcantarillado en la ciudad y el inodoro era un mueble casi inexistente. Lo que parece estar fuera de toda discusión es que el primer inodoro se instaló en la sede del Centro Asturiano de La Habana. La directiva de dicha sociedad invitó al Capitán General a que fuera a verlo y, se dice, a la primera autoridad de la Isla el mueble le pareció magnifico solo que, comentó, «se extraña el olorcito». Desconoce el escribidor si los asturianos invitaron al militar a que lo inaugurara, bien con aguas mayores o menores.

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