Desde la grada
Hay victorias que se leen en la frialdad de las pizarras y otras que se arraigan en la memoria de un país como una bocanada de aire fresco. Lo ocurrido sobre la superficie artificial del Avenir Centre, en la ciudad canadiense de Moncton, pertenece sin duda a esa segunda categoría.
Esta victoria del sexteto masculino cubano sobre los anfitriones de Canadá en cuatro parciales, fue tan disputada como dramática (25-21, 25-23, 23-25, 25-22). Ello valió para espantar los fantasmas de 2024 y conquistar el boleto directo a Los Ángeles 2028. No solo se cerró un partido de voleibol; se saldó una deuda con el alma deportiva de esta Isla y, con ello, se quebró un largo silencio de 12 años alejados de la cita olímpica, tras Río 2016.
Esto fue visible en los bloqueos imponentes del veterano Robertlandy Simón, en la violencia precisa de los remates de Marlon Yant y en la determinación de Miguel Ángel López para definir en los momentos de mayor zozobra: no hubo únicamente lectura táctica. Había, sobre todas las cosas, una cuestión de orgullo y pertenencia.
Cada balón disputado sobre la malla sintética de Moncton fue un acto de esfuerzo colectivo: la respuesta madura de un grupo de muchachos formados en ligas ajenas que, al enfundarse la camiseta de las cuatro letras, recuperó la mística histórica de la escuela cubana de voleibol.
Esta clasificación olímpica funciona como un bálsamo y un espejo para el país. Le devuelve a la afición la certeza de que las grandes proezas aún son posibles cuando se conjugan la entrega y el talento. Es el triunfo que conecta la nostalgia de quien quedó marcado por la huella de Montreal 1976 –única presea olímpica del voleibol masculino– con la ilusión del niño que fantasea con los 2.43 metros de una net.
Los Ángeles aguarda en el horizonte de 2028 como una cumbre exigente. Sin embargo, la prueba más compleja —demostrar que la raíz de nuestro voleibol sigue viva y pertenece a la estirpe de los elegidos— ya quedó escrita con firmeza en patio ajeno. Y queda la hermosa certeza de que Cuba vuelve a estar arriba, suspendida en el aire, allí donde los sueños no conocen el piso.