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Mensaje a un Rubio desde la espina que lo atraganta

Sus medidas son las que frenan el desarrollo económico, las que intentan provocar desesperación y el colapso del país cerrándonos el combustible vital, multiplicando el bloqueo y su carácter extraterritorial, buscando el control de una Cuba que sí sabe lo que quiere y está dispuesta a lograrlo por encima de las pretensiones del Trump y del Rubio. Ni somos decadencia, ni nos desmoronamos

Autor:

Juana Carrasco Martín

«La preferencia del Presidente es siempre un acuerdo negociado y pacífico. Esa es siempre nuestra preferencia. Y esa sigue siendo nuestra preferencia con Cuba. Pero, para serles franco, la probabilidad de que eso ocurra —dado con quienes estamos tratando en este momento— no es alta». «Pero si cambian de parecer, aquí estamos; y, mientras tanto, seguiremos haciendo lo que debemos hacer». Estas fueron declaraciones a los periodistas en Florida, de Marco Rubio, secretario de Estado y asesor interino de Seguridad Nacional de la Casa Blanca. 

Además de mentiroso —lo que no es noticia en el habitual proceder de este cambiacasaca de religiones y de afectos políticos—, parece implacable con ese apremio intrigante a la guerra que destruya a Cuba y nos ahogue en sangre, ya que no pueden los reclamos weylerianos o del Memorando Mallory a la hambruna de la reconcentración.

El Rubio no se percata de que el derramamiento tendrá también su cuota estadounidense, y esto no constituye una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos, como nos quiere presentar para justificar sus criminales intenciones. Los cubanos de paz peleamos de riposta, y así también sabemos resistir y ganar. Definitivamente, lo hemos hecho ante la guerra económica y todas las imbricaciones y agresiones adyacentes que han sostenido desde 1959.

Las calumnias ambiciosas del cuidaperros de su cuñado, el mafioso millonario traficante de cocaína Orlando Cicilia, que están destinadas a desacreditarnos, no podrán con Cuba, tampoco las arteras preparaciones militares con las cuales el vociferante mayoral miamense pretende enterrarnos como nación, convertirnos en la estrella número tal o en el eufemístico Estado libre asociado más cual.

A veces merece la pena que se conozcan las despreciables palabras del susodicho. Dice que nuestro sistema «no funciona». «No se puede arreglar con el actual sistema político vigente. Simplemente no comprenden cómo hacerlo», y la diatriba prosigue: «En este momento, sencillamente no parece haber personas allí, a cargo del régimen, que estén en modo alguno abiertas a cualquiera de esos cambios», y hasta exige que «no podrá esperar a que nos cansemos ni ganar tiempo». «Vamos muy en serio; estamos muy enfocados».

Marco Rubio, quien, si no está junto a su jefe, en la Casa Blanca ¿alternativa? de Miami, anda en la zona «Generals Row» —donde ha fijado residencia en la base militar Fort McNair, al sudoeste de Washington D.C., porque él y otros como él del régimen le temen a la violencia política que han desatado en EE. UU.— se atrevió a decir  —aunque no tiene estatura moral ni cómo hacerlo, aun contando con la impunidad que ha ganado como uno de los políticos pagados por la Asociación Nacional del Rifle, el complejo militar industrial y el lobby genocida sionista—, que llevarán a nuestro General de Ejército Raúl Castro Ruz a Estados Unidos para un juicio y hasta declaró: «Si hay algún anuncio… se lo comunicaremos después, no antes». Tamaña jactancia huele a miedo.

Sus medidas son las que frenan el desarrollo económico, las que intentan provocar desesperación y el colapso del país cerrándonos el combustible vital, multiplicando el bloqueo y su carácter extraterritorial, buscando el control de una Cuba que sí sabe lo que quiere y está dispuesta a lograrlo por encima de las pretensiones del Trump y del Rubio. Ni somos decadencia, ni nos desmoronamos.

Señor Marco Rubio, Trump no «tiene el derecho» de ejercer fuerza contra Cuba y mucho menos el lobby de la contrarrevolución incrustada en la Florida a cuya rapiña verdaderamente usted representa. Ni lo intenten, seguimos siendo la espina que se les atraganta.

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